Los últimos lavadoiros públicos en uso de Arousa: «Aquí aínda se xunta a xente no verán, pero van morrendo e vimos menos»

b. C. / L. C. MEIS / LA VOZ

CAMBADOS

LETICIA CASTRO

La mayoría de los pilones se preservan como elementos patrimoniales, aunque todavía hay quien los utiliza para lavar alfombras y otras prendas

24 may 2025 . Actualizado a las 05:00 h.

En estos tiempos en los que las lavanderías de autoservicio se están generalizando en los núcleos urbanos, lo de ir al lavadero para hacer la colada ha caído en desuso. Con todo, todavía hay quien echa mano de ellos para lavar alfombras, mantas y otras piezas voluminosas que no pueden ir a la lavadora, y, en esos casos, la cosa se pone cada vez más difícil por la falta de oferta.

Los pilones públicos, en cuanto que forman parte del patrimonio municipal y son bienes catalogados y a conservar, continúan formando parte del paisaje urbano y del de las aldeas, pero son pocos los que están operativos con agua limpia. Valga como ejemplo el caso de Cambados, donde de la media docena de lavaderos que hay en el pueblo, solo uno está en servicio, el de San Tomé. El resto no tienen agua ni está previsto llenarlos a corto plazo. En el extrarradio es más fácil encontrar los pilones llenos, aunque la falta de uso provoca que el verdín el gane la batalla al agua limpia y, en estas circunstancias, su uso mancha más que limpia.

En Vilagarcía hay 28 lavaderos ligados a otras tantas fuentes en el catálogo municipal y la gran mayoría están en desuso. Los más utilizados son los de Guillán, Cornazo, Fontecarmoa y Vilaxoán, mientras que el resto se mantienen como elementos patrimoniales y etnográficos.

En el caso de O Grove están catalogados más de diez, pero hay más, quedando alguno enterrado bajo la carretera. De los que perduran, algunos está cubiertos por la maleza y, por lo tanto, inutilizados, como el de Río dos Paus, otros están obstruidos por las raíces o con agua o lodos estancados, como ocurre en el de Balea. De todos ellos los que solían registrar mayor actividad eran el de A Ghatiñeira en A Siradella, donde sigue corriendo el agua, pero apenas tiene uso; el de Abisinia, en las inmediaciones de la iglesia parroquial de San Martiño, que actualmente está seco; el de Meloxo, próximo a la fuente de Liñares, y el de O Cruceiro, en Reboredo. Estos dos últimos se mantienen activos y a ellos acuden los vecinos para frotar alfombras y mantas.

En el resto de los concellos, la tendencia es similar de modo que cada vez quedan menos lavaderos en servicio y algunos acaban casi abandonados. Su mantenimiento y puesta a punto implica un coste económico para las arcas públicas, más si se trata de obras de restauración, para lo cual recurren a los obradoiros de emprego y subvenciones de otras administraciones. Otro inconveniente es de índole medioambiental porque los lavaderos que desembocan en riachuelos —no todos disponen de conexión a la red de saneamiento—, provocan un problema de contaminación derivado del vertido de detergentes a los cauces fluviales.

Con este escenario, los lavaderos tradicionales están llamados a quedarse en piezas de museo que dan testimonio del uso y costumbres del siglo pasado, cuando ir «al río» implicaba mucho más que lavar la ropa; eran puntos de encuentro y reunión social para las mujeres y para los más pequeños de la casa.

MONICA IRAGO

«Aquí no verán aínda se xunta a xente a lavar»

Leticia Castro

Carmen y Lola son dos de las asiduas usuarias del lavadoiro de O Cruceiro, en Reboredo, una costumbre que no pierden, a pesar de que la mayor parte de la colada se haga en la lavadora. Lo usan, mayormente, para limpieza de alfombras y, si se tercia, también de algún mandil. Allí, en la zona, quedan pocos vecinos, algo más de cinco, y prácticamente todos hacen uso del río, pero confiesan que también se acerca gente desde la parroquia de San Martiño a lavar.

No es de extrañar, pues la instalación la tienen cuidada, y entre ellas, una vez cada mes o cada dos meses, le dan una limpieza. Vamos, que son las propias vecinas y sus usuarias las que mantienen el lavadero como pueden. De no ser así, el agua se estancaría. Con eso y con todo, necesitan que desde el Ayuntamiento se preocupen. La fuente pierde agua, lo han reclamado, pero el problema sigue sin solucionarse. «Por aquí hai moito tempo que non pasa ninguén», se quejan, y piden: «Teñen que vir mirar qué pasa e de paso poñer carteis para prohibir que laven aquí os cans», dicen.

Quizás en el Concello no sepan del trasiego que hay, sobre todo en julio y agosto. «No verán aínda se xunta xente a lavar e veñen tamén turistas». Luego, el resto del año, obviamente la costumbre decae, pero el perfil de usuario es de persona mayor. «Antes viña máis xente, ten estado isto cheo —recuerda Carmen—, pero van morrendo e cada vez vimos menos». «Aínda así —añade— é o río que máis se usa».

No muy lejos aún están en pie otros lavaderos, en su mayor parte deteriorados. El de O Cruceiro atrae a quienes aún no han perdido la tradición. Además, es cómodo para dejar el coche y descargar la ropa. En el tiempo que frotan la prenda y comparten el jabón, hay hueco para la charla en esta zona rural donde la concepción del tiempo parece funcionar de otra manera, lejos de la tecnología y mientras tienen la tartera al fuego a escasos metros. Pequeños lujos.