El síndrome del Combate Naval

Tras el estallido de la última bomba de palenque, parece como si el otoño entrara de golpe


redacción / la voz

Tras la última gota de vino en la Festa do Albariño en Cambados y al sonar el último estallido de los fuegos artificiales del Combate Naval de Vilagarcía, O Salnés se sume en una extraña melancolía que ni siquiera amortigua el eterno debate, tan tradicional como el vino y las bombas, de si este año hubo más gente o menos gente en el Albariño y en San Roque. Acabadas las fiestas mayores de la comarca, se extiende por O Salnés una sensación desasosegante, tan inevitable como discutible, de que el verano se ha acabado y empieza el otoño. Para acrecentar esa sensación, la semana grande de San Roque ha coincidido con el mejor momento climático del año: el anticiclón de las Azores decidió, ¡por fin!, subir un poquitín hacia el norte, cerró el paso a nubes, borrascas y corrientes de humedad y los últimos días se han sucedido con una constancia de sol y calorcito más propia de latitudes meridionales.

Pero anoche, la bahía de Vilagarcía volvió a estallar en luces y sonido, miles de arousanos permanecieron durante cuarenta minutos boquiabiertos y al explotar la última bomba, una ovación recorrió la orilla del mar en Vilagarcía, desde el parque del puerto hasta Carril. Tras la ovación, el vacío, una inquietante angustia que tiene mucho de reflejo automático inducido semejante al del perro de Pavlov: el can sentía hambre al sonar la campana y los vilagarcianos sienten desazón al sobrevenir el silencio. Ya no hay música en A Xunqueira ni pirotecnia en la ría, o sea, entra el otoño.

Todo esto es tan falso y automático como la necesidad de comprar fascículos y cambiar de vida de finales de septiembre, como los propósitos de Año Nuevo, como la voluntad de adelgazar de cada primavera... Pero es... Y hay que apechugar con el síndrome del Combate Naval. Ante peripecia tan inevitable, podemos hacer dos cosas: sucumbir a esa tristeza tan vaga como insensata o racionalizar la situación y recordar que, en O Salnés, el otoño no empieza ni ahora ni cuando marca el calendario, sino cuando le da la gana. Aquí no hay estaciones evidentes y, desde luego, las estadísticas y la experiencia demuestran que la mejor época para vivir en la comarca empieza ahora y dura hasta octubre. Si para el poeta T. S. Eliot, abril era el mes más cruel, para nosotros, septiembre debería ser el mes más esplendoroso, luminoso y feliz.

Las noches y los olores

He escrito en un libro que en O Salnés, «las noches y las temporadas no las marcan los ruidos, sino los olores. En otros lugares, agosto es un nocturno de grillos en el crepúsculo y un crepitar de ranas y chicharras bajo la luna. En los pueblos y los campos de la ría de Arousa, no hay ruidos de verano, pero huele a salitre cuando tocan mareas bajas nocturnas, el aire está quieto y la humedad es un vapor que embadurna la tierra del mar de afuera hacia el monte. Huele a mosto y a uva con la vendimia, que revoluciona la comarca y acapara los brazos. Huele a tierra empapada, un olor de fermento agrio y fuerte, al asentarse el otoño, que puede llegar a primeros de septiembre o empezando noviembre. Se respira la primavera no a mediados de marzo, sino las mil veces que llega entre febrero y julio porque en O Salnés, el calor sucede al temporal y la lluvia y el viento hacen un sitio al sol tibio varias veces al año provocando alteraciones en el ánimo: un trajín continuo entre la euforia de la luz y la angustia de la niebla y la tempestad que desquicia al más templado».

En O Salnés, las estaciones son muy suyas. Aquí, cada año es diferente, no hay normas y es muy difícil predecir la meteorología, una ciencia que es casi exacta más allá de Pedrafita y O Padornelo, que requiere mucha finura en Galicia y exige una pericia superior entre Catoira y O Grove, una mezcla de rigor, intuición y experiencia que convierte el trabajo de hombre del tiempo en una profesión de riesgo.

Lluvia de enero a marzo

El primer año que pasé en O Salnés, empezó a llover en enero y a mediados de marzo, un poco harto de que no escampara, comenté a un grupo de ancianos mi desesperación. Ellos sonrieron con cierto deje de superioridad y me regalaron un pronóstico: «No se preocupe, para la luna de junio, dejará de llover». Pensé que me estaban vacilando, pero no, acertaron de pleno: siguió cayendo agua sin parar hasta la luna llena de junio.

Lo que me sorprende es que no se asuma la situación meteorológica y su influencia sobre el ánimo. Recuerdo el caso de varios compañeros de La Voz, periodistas entonces muy jóvenes, que manifestaban su desazón profesional, su desencanto y la pérdida de emoción ante las exclusivas y las buenas historias que escribían. Yo les hacía notar que todo se debía a la lluvia. Cuando salía el sol, me daban la razón, recuperaban la ilusión y hoy son periodistas y directivos prestigiosos, inasequibles a las sensaciones meteorológicas.

Agotado el último chupinazo, no hay que dejarse llevar por las sensaciones irracionales y hay que espantar el síndrome del Combate Naval y la melancolía: empieza la mejor época del año.

En O Salnés, las estaciones son muy suyas, cada año es diferente y es difícil predecir el tiempo

Llovía en enero y el consejo de ancianos acertó: «No parará hasta la luna de junio»

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