vilagarcía / la voz

Llega noviembre, se anuncia el invierno y la frontera que separa la parroquia de los vivos de la parroquia de los muertos vuelve a difuminarse en Galicia. Nunca es tarde para rememorar la paradoja que subrayaba Castelao acerca de la inutilidad intrínseca de las tapias que rodean los cementerios, a la vista de que quienes habitan fuera no quieren entrar y quienes reposan dentro no pueden salir. El cementerio de Rubiáns, en Vilagarcía, recobró ayer un bullicio que, como las calles inundadas de Antioquía, la villa que duerme anegada en el fondo de la laguna de Antela, solo se percibe una vez al año, cuando esas esquivas barreras entre lo real y lo imaginario se desvanecen durante unas horas. Los alrededores del camposanto se convierten en un enorme párking mientras gentes de todas las edades portean flores con las que franquean el portalón que da acceso a las tumbas, los nichos y los grandes panteones que confieren a este lugar la apariencia de una verdadera ciudad de los finados.

La celebración de los muertos se ha refinado hasta el punto de que el Concello de Vilagarcía haya proporcionado una exquisita ambientación musical al principal de sus cementerios. Tres jóvenes alumnas del conservatorio interpretan al violín, el chelo y la flauta travesera piezas de Albinoni, Pachelbel, Lennon y McCartney, incluso de la banda sonora de El Padrino, que se ajustan como anillo al dedo al melancólico trance de Todos os Santos. No sería extraño que, el año que viene, este pequeño acierto se repitiese en el resto de los camposantos municipales. La belleza gótica de Santa Mariña de Dozo luce, por otra parte, intacta en Cambados. El mundo puede haber cambiado, pero no tanto como para que en Galicia se pierda la memoria del elemento fundamental que articulaba y articula cualquier conmemoración que se precie: la comida, copiosa en otros tiempos también a la hora de homenajear los ausentes.

De las imprentas que La Voz de Galicia operaba a finales del siglo XIX en A Coruña emergió en 1885 un libro que, todavía hoy, constituye una referencia obligada para quienes quieran conocer ciertas costumbres de los antiguos gallegos. La intención de Bernardo Barreiro al escribir Brujos y astrólogos de la Inquisición en Galicia pasaba por desvelar los mecanismos, algunos sutiles, otros lúbricamente groseros, con los que los poderosos alimentaban entonces la crédula ignorancia de los humildes. Para alcanzar su meta, y denunciar de paso la pasividad interesada del estamento eclesiástico, el autor describe hábitos y creencias que considera altamente nocivos para el desarrollo de un mínimo espíritu crítico entre el pueblo. Se detiene nuestro hombre con particular énfasis en la fiesta de Difuntos, que «aún hace poco tiempo se celebraba en Galicia el 2 de noviembre de modo harto raro, escandaloso y cínico».

Los altares convertido en mesas

Barreiro explica que, al menos hasta finales del siglo XVI, las familias pudientes celebraban un señor banquete en el interior de las iglesias y capillas de cada parroquia. «Las viandas humeaban sobre las grandes mesas estendidas [sic] bajo la nave románica de nuestras parroquias; las sacristías convertíanse en cocinas y despensas, y hombres y mujeres profanaban aquella casa de Dios y aquel día de luto con la algazara de una fiesta inconcebible y grosera». La escena gana temperatura. «Las mesas de los altares servían de aparador donde se colocaban jarros y platos, y cuando los vapores del vino calentaban la fría atmósfera que rodea las tumbas, prorrumpían los ignorantes pero ricos comensales en ruidosos y sacrílegos brindis a la memoria de aquellos difuntos que yacían en paz». Mientras, en el exterior del templo, «poblado el atrio de pobres pecheros, esperábase tranquilamente el mendrugo de San Lázaro, para acompañar a las castañas tradicionales». El ensayista cita en su apoyo las Constituciones Sinodales del obispo de Mondoñedo, Antonio de Guevara, quien en 1541 se escandalizaba de lo que ocurría en A Mariña lucense al «otro día de Todos los Santos».

Los

osiños

de santo

Barreiro aseguraba que, tres siglos y más tarde, las cosas no habían mutado demasiado: «Apenas notamos otra diferencia que el lugar y el modo como se realizan» tales festejos. Añadiéndole siglo y medio más a sus reflexiones, cabe suponer que hoy, de todo aquello, poco más queda que los osiños de santo que pueblan nuestras pastelerías y, si acaso, la sana costumbre de brindar a la salud de quienes ya no están. Lo que desde luego sigue en plena vigencia son las razones con las que el autor concluía su alegato:

«Si el pueblo no se embriagase y pudiera leer sereno los rótulos conocidos, si observase cómo continúa la farsa y la injusticia cuando a la derecha del crucificado están los escogidos de la aristocracia con sus coronas de oro, sus guardianes de librea, los sacerdotes que cantan, los blandones amarillos que resplandecen; y a la izquierda los réprobos de la fortuna, los humillados hijos del trabajo, siempre envueltos en la sombra y en el montón, desconocidos y olvidados; si pudiera examinar todo esto; ¡quién sabe si no lo arrasaría todo para que no volvieran a conducirle allí, donde aun los gusanos se ríen con tal descaro de su pobreza, imbecilidad y desnudez!».

Ni truco ni trato; los niños piden Os Defuntiños en A Illa

Antaño era costumbre en muchas aldeas, pero hoy apenas pervive en un puñado de lugares. A Illa es uno de esos enclaves de Galicia en los que los niños siguen saliendo esta mañana a la calle para pedir Os Defuntiños. En la mayoría de los casos, esa pequeña limosna, una ofrenda, en realidad, a la inocencia, cobra la forma de chucherías o del clásico boliño, en el caso de las panaderías. De vez en cuando cae alguna moneda, así que suerte a los pequeños.

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Comilonas de difuntos dentro de las iglesias