En Vilagarcía, mientras esperas el Avlo, te dicen guapo y puedes comprar periódicos y refrescar recuerdos
07 dic 2025 . Actualizado a las 05:00 h.«Hola, guapo, ¿qué quieres tomar?», me dice sonriendo nada más acodarme en la barra. La cafetería de la estación de ferrocarril de Vilagarcía es la única que conozco donde la camarera te piropea mientras te sirve: «¿Qué prefieres, guapo, sacarina o azúcar?». Sé que no se refiere solo a mí porque llama guapo o guapa a toda la clientela, pero da lo mismo, yo me lo creo, recojo el café y me siento en una mesa sintiéndome si no guapo, sí reconfortado. Además, en este bar de estación venden periódicos, algo inusual y más para un viajero como un servidor, que vivo en una ciudad de 100.000 habitantes y no puedo comprar periódicos ni en la estación de tren ni en un quiosco que esté a menos de 400 metros de casa.
A Talleyrand y a Cunqueiro, el café les gustaba negro como la noche, ardiente como el infierno, fuerte como el pecado y dulce como el amor. Mientras la camarera de la estación canta con buena voz y mejor oído, leo La Voz de Galicia y disfruto de un café como mandan los cánones salvo en lo dulce: ni azúcar ni sacarina. En cada sorbo negro y ardiente, recuerdo las anécdotas sucedidas durante una semana en Vilagarcía de Arousa, la ciudad donde las camareras cantan, no hay que caminar diez minutos para comprar un periódico y en los bares desayunas con el pincho.
Mirando a la plaza de Galicia
Cada mañana, leía La Voz en Alpanpan, sentado ante una cristalera desde la que curioseaba el movimiento en la plaza de Galicia. Pero lo asombroso es que el café costaba 1.30 y me ponían una tostada con aceite. A un vilagarciano, esto no le llama la atención, acostumbrado a la porción de bizcocho jugoso que regalan con el café en La Boutique del Pan, en la Comunidad A Perla, en cualquier cafetería. Pero cuando llegas de ciudades donde pagas 1.60 por un café a palo seco en un bar de barrio, pues te asombras.
Uno de los encantos del vilagarciano DTV (De Toda la Vida) es que casi nada de lo bueno de su ciudad le asombra. El vilagarciano fetén prefiere fijarse en los fallos, es tan autocrítico que sus frases favoritas son Vilagarcía está muerta, Vilagarcía ha perdido mucho, Vilagarcía está apagada… Yo también estaba abonado a ese mantra y El Callejón del Viento estaba especializado en la queja, la crítica y la denuncia, por eso resultaba tan vilagarciano. Solo hay que pasar un tiempo fuera para comparar y darte cuenta de los encantos de Vilagarcía, aunque por mucho que los recojas y ensalces la ciudad, los DTV no te creen y te miran como si el paso del tiempo y la edad provecta te hicieran delirar. «Está senil», concluyen. Menos mal que me queda la camarera de la estación de trenes.
Pero estábamos en Alpanpan tomando café con tostada regalada y me encuentro con Álvaro (Mobu Deportes), un empresario crítico y analítico, prototipo del vilagarciano exigente. Pero esta vez no hablamos de problemas y desfeitas, sino de baloncesto, uno de los temas en los que hay consenso positivo en Vilagarcía, donde el Sigaltec y el Mariscos Antón Cortegada son la cara visible de un movimiento de base que no cesa. Ver jugar y ganar a los chicos del Sigaltec contra americanos gigantes es el resultado de un esfuerzo perseverante que empieza en la infancia.
Periódico leído, café bebido, charla disfrutada… Toca ir de compras. El pan en A Despensa de Clariña, el bizcocho en Anakiños, las empanadillas en Alonso… ¡Qué buenas están las de pollo con una masa que desconocía! Y el queso en el exterior de la plaza de abastos, en el puesto de Fara, naturalmente. Le digo a Fara que no sé si voy a verla por el queso o por charlar un rato con ella. Me da a probar varios y escojo uno suave y mantecoso. Charlamos de los cuidados a nuestros mayores, un tema que vivimos ambos intensamente, y con este chute de realidad, me aventuro por los puestos del pescado en busca de Rosi, mi pescantina de cabecera, pero lo que me maravilló allí lo contaré el martes.
Sabrosas ¿coincidencias?
En el bar A Perla, que no se llama bar, sino Comunidad y el nombre me parece un ejemplo de exactitud, comentan la casualidad de que cada año venga a presentar un libro coincidiendo con el Black Centollo, esa gran fiesta marisquera que se inventó Juanjo (Juan José García Gerpe) en 2018 en su Churrasco de Rubiáns y que cada año bate récords. Pues es verdad, no vengo a Vilagarcía a hablar de mi libro, sino a comer centollos en temporada.
Esta vez tomé dos, uno gigante, delicioso y pleno en casa de Mar Durán y Quico Redondo y otro más pequeño, pero también riquísimo, en el churrasco de Juanjo, que, por cierto, ya tenía concertadas hace una semana 2.000 cenas prenavideñas.
Pero volvamos a la estación de ferrocarril. He acabado el café y resuena un altavoz quebrando la evocación de quesos, empanadillas y centollos. Avisa de la salida del tren Avlo, ese en el que viajas como sardinas en lata, destino Madrid. Cargo la mochila, me dirijo al andén, me despido de la camarera: «Adiós, buenos días». Ella responde educada: «Buen viaje, guapo». Y me lo creo.