Con Santiago Ferreira desaparece un líder del socialismo vilagarciano más castizo
20 feb 2022 . Actualizado a las 19:51 h.En la primavera de 1979, el vilagarciano José Recuna recibió la visita de dos socialistas de peso: Benito García Dorgambide y Santiago Ferreira Faro. Venían a convencerlo para que fuera candidato del PSOE a la alcaldía de Vilagarcía de Arousa en las primeras elecciones municipales de la democracia y lo convencieron.
José Recuna se había licenciado en Derecho en 1951, había sido juez sustituto en su ciudad durante los años 70 y regentaba los negocios de su familia, que tenía ocho apellidos vilagarcianos: los Villaverde, oriundos de Portas; los Rey, emigrantes en Argentina y retornados a Vilagarcía en 1870 por culpa de la peste; los Otero, saga familiar de A Illa; los Recuna, cuyo padre había sido encarcelado en los calabozos municipales de Vilagarcía, en plena Guerra Civil, y no salió hasta que la familia recaudó 50.000 pesetas gracias a una colecta entre amigos, destacando la generosidad de Amadeo Brumbeck, que puso 10.000.
José Recuna era un vilagarciano de toda la vida, un hombre popular que en 1979 no tenía una manifiesta identificación política y consiguió que lo votaran hasta en las mesas del centro de la ciudad. Con los concejales del PSOE y los del Partido Comunista, Recuna llegó a la alcaldía y con él, de número dos y teniente de alcalde para el trabajo duro, estaba uno de los dos socialistas seductores que lo convencieron para dar el paso adelante: Santiago Ferreira Faro, que ha muerto esta semana y su recuerdo evoca aquellos años 70 y 80 de una Vilagarcía convulsa políticamente, pero en la que había muy buen rollo entre los partidos, tanto que la noche de la victoria electoral de Recuna, preclaros dirigentes de Alianza Popular como Moncho Taboada o Enrique Rodríguez Campos (Recucho Garabán), que tenían la sede electoral encima de la del PSOE, bajaron a la Casa do Pobo para felicitar a Recuna. ¿Se imaginan ustedes una escena parecida en la España de 2022?
En aquellos años, había más enfrentamiento entre las propias facciones del PSOE que entre los socialistas y los populares. Y en ese fragor político, destacaba la figura de Santiago Ferreira, arquitecto técnico (entonces se llamaban aparejadores) funcionario de la unidad técnica de Educación de Pontevedra, concejal de Urbanismo e imprescindible poli malo de aquella primera corporación democrática.
Con Recuna y Ferreira… Y con Filgueira, Pedrido, Renda, Laya, etcétera, llegaron a Vilagarcía la depuradora de aguas, la residencia de ancianos, el colector general, la mancomunidad del matadero, el pabellón polideportivo, la primera fase del paseo marítimo e infinidad de obras en el rural. Pero en un ejercicio cainita tan inexplicable como propio de la política, el propio PSOE se cargó a Recuna y su equipo y los sustituyó por Seso Giráldez y el suyo, que perdieron la alcaldía por muy poco frente al empuje de un joven candidato popular llamado Rivera Mallo.
Aquel cisma fue muy duro para el PSOE, provocó divisiones familiares como la de ver por un lado a Celso Callón Recuna, que luego sería presidente del Puerto de Vilagarcía, y por otro a su primo José Recuna. El enfrentamiento duró ocho años, justamente hasta que Javier Gago, en 1991, ganó la alcaldía de Vilagarcía y en su equipo llevaba a Carlos Berride, sobrino de Ferreira. Aquello restañó las heridas en el PSOE, que poco a poco fue abandonando el enfrentamiento hasta convertirse en una aburrida máquina de ganar elecciones.
Porque la ruptura de la agrupación socialista vilagarciana en dos mitades fue sangrante y tremenda, pero revitalizó la vida interna del partido hasta límites inimaginables. Las asambleas, con los ferreiristas sentados en las filas de atrás y los sesistas en las filas delanteras, eran apoteósicas y las disputas dialécticas ponían a prueba las habilidades de los presidentes de mesa. Los sesistas eran considerados oficialistas y los ferreiristas pasaban por críticos con un punto nacionalista y contaban con el apoyo del líder regional Ceferino Díaz, tan misterioso, tan particular.
Hubo un momento muy berlanguiano cuando, en vista de que era imposible ganar a los sesistas en Vilagarcía, los ferreiristas abrieron sede independiente en Vilaxóan y agitaron la bandera localista para pasmo de los líderes regionales del PSOE. Mientras tanto, en la sede de Castelao, una de las mejores y más céntricas casas do pobo de España, no paraban de organizar conferencias, debates y cursos para evitar ser acusados de inactivos. Y el bar tenía más ambiente algunas noches que los cafés de A Baldosa. Se trataba, en fin, de un auténtico ateneo republicano estilo años 20 donde destacaban figuras veneradas y venerables como Amando Quintela, abuelo del parlamentario Julio Torrado y número dos de aquella candidatura de Seso Giráldez en 1983.
Tras aquellos años cainitas, pero intensos e inolvidables, de las rosas rojas de Santiago Ferreira y Seso Giráldez, llegó el tiempo de los calificados entonces como tiernos capullos sonrosados, es decir, jóvenes profesionales socialistas con menos ansias de revolución y más sentido moderno de la política, que, liderados por Javier Gago, primero, y Alberto Varela, después, convirtieron el PSOE vilagarciano en una máquina de ganar elecciones muy eficaz, pero, indudablemente, mucho más aburrida y bastante menos estimulante que aquella máquina de emociones e ideología, también de derrotas, en la que Seso Giráldez y Santiago Ferreira llevaban la voz cantante. Ambos descansan ya en paz, mientras que el PSOE descansa en Ravella.