El hombre que te bautizaba a su gusto

Si te saludaba Chano Buhigas, era como si te dieran el carné de vilagarciano de toda la vida


redacción / la voz

Los raros, los extravagantes, los distintos, es decir, los personajes, son quienes llenan de vida las ciudades y quienes las dotan de alma y sentido. De niño, cuando te cruzas con ellos, los miras y los admiras. Te seducen porque notas que en sus actitudes late la autenticidad y te los crees. Los raros, bohemios y extravagantes tienen un algo especial que provoca ternura y cariño. Coincides con ellos en un semáforo o en una esquina y solo te asaltan buenos sentimientos. Además, son callejeros, pasean sin parar y encontrártelos te reconforta con lo doméstico y familiar. Los personajes de las ciudades son tan especiales y tan importantes que es de ellos y no de las oficinas del DNI o empadronamiento de donde emanan las verdaderas y más fiables cartillas de ciudadanía. Por mucho que en tu carné ponga que eres de aquí o de allá, no te sientes de un sitio hasta que alguno de estos paseantes inauditos decide adoptarte, te saluda y te considera, por ejemplo, de Vilagarcía de toda la vida.

Entre patacones y piropos

Servidor no se sintió vilagarciano hasta que Chano no empezó a saludarme por la calle. Es verdad que me llamaba Javier en vez de José Ramón, pero lo importante no era cómo me llamaba, sino que me llamaba. Chano Buhigas saludaba a los hombres pidiéndoles un patacón y a las mujeres regalándoles un piropo. Cada vez que me cruzaba con él, se frotaba la parte exterior de la nariz y me daba a entender que estábamos ambos a dos velas y que nos vendría bien un mecenas que nos socorriera. Después, sonreía y me decía: «Adiós Javier».

En la primera época de este Callejón del Viento, era uno de los asiduos de la columna y siempre escribía de él refiriéndome a «mi amigo Chano». Su amistad, además, te permitía gozar de un privilegio que pocas ciudades han tenido nunca: llamarte de dos maneras. Una era la de la partida de nacimiento y otra, la que hubiera escogido Chano para bautizarte. A mí, ya digo, me puso Javier y no sé yo si eso no influiría para que bautizara así a mi hijo: Javier, al que Chano, a su vez, llamaba Joaquín. Como ven, eso de tener dos nombres es una delicia de la que solo se podía gozar en Vilagarcía y era gracias a Chano.

Tristeza colectiva e indefinible

Cuando en una ciudad muere uno de sus personajes, una tristeza colectiva e indefinible se adueña del ambiente. Es como si hubiera muerto uno de los nuestros, alguien que nos unía a todos, al que conocíamos todos y que nos conocía a todos. Además, Chano y quienes como él gozan o gozaban de la devoción popular, son muy queridos, no encuentras quien los critique o se alivie con su pérdida, concitan la unanimidad del cariño y la ternura y a veces, en los momentos de enfrentamiento, su presencia recuerda que hay un vínculo común que une a los ciudadanos de un lugar, de cualquier lugar.

Chano Buhigas ha muerto con 77 años. Pertenecía al gremio de los personajes entrañables andarines, de los caminantes infatigables, uno de los grupos más comunes en el universo extravagante. He conocido a varios a lo largo de los años y las ciudades. Nano, que era tío de la cantante Amaral y recorría traseras y barrios con un estandarte de la Virgen, entonando salmodias ininteligibles que se escuchaban con unción, aunque no se entendiera nada. El señor Correcaminos, que contaba los pasos que daba e informaba a quien le pedía la cifra: «Hoy llevo 4.891». El Shakespeare de la calle Moret de Cáceres, que la recorría arriba y abajo recitando escenas completas de Hamlet.

Las frases solemnes

Recuerdo un conserje en la universidad que había formado parte del elenco de los personajes urbanos y habían acabado acogiéndolo en una facultad. El hombre hacía caso a cuanta indicación llegara de los alumnos y así, durante un tiempo y a instancias de ellos, entraba a cada hora en el aula y avisaba a los catedráticos con una solemne proclama: “Profesor, ha llegado su hora”. Chano era más discreto. Solo le gustaba pronunciar frases solemnes cuando acababan las películas en la Semana de Cine y desde la última fila sentenciaba: «Éche o que hai».

De ahí no se sale

Como escribía Serxio González en estas páginas, Chano Buhigas descendía de una saga de empresarios de la salazón que dio alcaldes a Carril y un almirante a la Armada. Los Buhigas eran consignatarios y pagadores de la coya, que era como se conocía a los estibadores en los años 50 del siglo pasado. En una foto hecha en 1920, que se guarda en el primer piso del Club de Regatas, aparecen los representantes de las fuerzas vivas vilagarcianas en ese tiempo y allí está el consignatario Chano Buhigas, antepasado de nuestro querido personaje. Y cuando Joaquín Porto abrió su tienda de antigüedades Establecimientos El Hogar, el día de San José de 1942, lo hizo en un local, el actual en la calle Castelao, que alquiló a los señores de Buhigas, cuyo chalé en la misma calle era una referencia urbana. Pero más allá del lustre de un apellido y de la enjundia de una saga, Chano ha entrado en la historia sentimental de Vilagarcía y de ahí no se sale jamás.

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