La piscina, con el agua al cuello: «Somos parte de la solución, no del problema»

El número de abonados del complejo deportivo de Fontecarmoa se desploma de 2.000 a 850 al hilo de la pandemia


vilagarcía / agencia

Cuando el 16 de septiembre abrió sus puertas de nuevo, habían transcurrido seis meses desde que el estado de alarma puso a hibernar cualquier actividad no esencial. Para la piscina y el gimnasio municipales de Fontecarmoa, la inactividad se prolongó más allá del verano por la inconveniente necesidad de instalar un nuevo equipo de deshumectación. No era, desde luego, el mejor momento, pero no había otro. Tras un período tan prolongado, buena parte de sus numerosos usuarios se habían desconectado del complejo deportivo de Vilagarcía para buscar un hueco entre otras ofertas. Acaban de cumplirse tres semanas desde el segundo cierre forzado por el coronavirus, y la situación no ha hecho más que empeorar. El número de abonados de las instalaciones ha caído por debajo de la mitad. De rozar los dos mil en marzo del 2020 a conformarse, seis meses después, con 850.

Sin conocer todavía la fecha en la que podrá reactivar su funcionamiento, el director de la piscina, Javier Magariños, rompe una lanza en favor de todas las instalaciones deportivas en las que, como sucede en Fontecarmoa, se han aplicado rigurosas medidas de precaución para impedir los contagios. Durante el período en el que el recinto permaneció abierto, entre septiembre y enero, no se registró una sola infección por covid. «No lo digo simplemente como parte interesada, es que realmente somos un lugar seguro», sostiene Javier.

¿Qué otro lugar es más seguro?

Nadie puede acceder al interior del complejo sin pasar por una plataforma para la desinfección del calzado y sin que en el mostrador se compruebe su temperatura corporal. Hay espacio suficiente para mantener una distancia razonable en los vestuarios y nadie puede prescindir de la mascarilla, a excepción de los nadadores, y exclusivamente cuando se zambullen. En el gimnasio, mamparas de separación. A la intensificación del servicio de limpieza se une la responsabilidad de los propios usuarios, que desinfectan taquillas, asientos y cualquier aparato tras su empleo.

La reflexión de su director es, como mínimo, interesante: «No creo que, más allá de los hospitales y los centros de salud, existan establecimientos que tengan un nivel tan exigente de limpieza y desinfección» Basta recordar cómo viaja la gente en tren.

Por si esto se quedase corto a la hora de reivindicar que las autoridades sanitarias recapaciten sobre el cierre de este tipo de instalaciones, Magariños subraya el papel del ejercicio físico como baluarte frente a la enfermedad. «He escuchado a médicos explicar que, incluso cuando alguien se contagia, el coronavirus encuentra mucha más resistencia en un cuerpo activo y físicamente saludable que en un cuerpo sedentario», apreciación que se une a los efectos beneficiosos asociados a la práctica habitual de la actividad deportiva.

Que un colectivo de usuarios que padecen diversas patologías y acuden a nadar a diario hayan emprendido una campaña de recogida de firmas para conseguir la reapertura de la piscina refuerza este argumento. Hablamos de enfermedades como esclerosis múltiple, capsulitis adhesiva, de problemas neuromusculoesqueléticos y de movilidad en diferentes grados, de artritis, traumatismos, Parkinson o hiperactividad, que sin la natación irán a peor. Acompañan su petición con un informe del CSIC, otro del Ministerio de Sanidad y un tercero de la Organización de Consumidores y Usuarios acerca de la seguridad de playas y piscinas frente al covid. «No somos parte del problema; somos parte de la solución», concluye Javier Magariños. Un último apunte, en absoluto menor: del funcionamiento de Fontecarmoa dependen una treintena de puestos de trabajo.

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