vilagarcía / la voz

El debate ha sido arduo en todas aquellas casas en las que gobierna la infancia: ¿Podrían los Reyes Magos acudir a su cita anual con la rapazada? Entre la gente menuda había opiniones para todos los gustos: desde los que preferían ponerse en lo peor y aseguraban que ni Melchor, ni Gaspar, ni Baltasar iban a poder aparecer en plena pandemia, hasta los que se aferraban a los poderes mágicos de Sus Majestades para asegurar que sí, que a ellos el virus que nos ha cambiado la vida no les afecta en nada. Puede parecer un debate menor, pero no lo es. Bien lo saben los ayuntamientos, que le han dado muchas vueltas al asunto hasta encontrar la manera de que los tres magos de Oriente lograsen hacer llegar su dosis anual de ilusión y magia a la comarca.

En Vilagarcía, por ejemplo, decidieron convocar a Melchor, Gaspar y Baltasar con días de antelación: durante varias tardes consecutivas, recibieron a todas aquellas personas que reservaron cita para verlos. Y los pequeños, aunque se tuvieron que quedar a unos pasos de ellos, no dejaban de abrir los ojos al ver sus reales trajes, sus reales barbas los reales adornos de la corte montada en Fexdega.

En Vilanova, sin embargo, optaron por concentrar en el 5 de enero la dosis de ilusión. Desde buena mañana, Melchor, Gaspar y Baltasar estuvieron recorriendo el pueblo y entregando regalos. Una niña los vio pasar, con los ojos abiertos como platos y rostro embelesado. Ella había jugado en el bando del pesimismo, a tenor de lo que le decía su madre: «¿Ves como vinieron?¿Cómo no iban a venir los Reyes Magos?».

En otras localidades optaron por los encuentros telemáticos con sus majestades, que para eso están las nuevas tecnologías. O, como en O Grove, por las apariciones sorpresa en distintos puntos de la localidad.

Ayer, los Magos tuvieron que ser mas magos que nunca. Y lo consiguieron. Un año nos visitaron para repartir un poco de esa ilusión infantil que tanta falta hace, también a los adultos. Y más en estos tiempos que corren, oscuros y fríos, en los que corremos el riesgo de olvidar que la esperanza debe ser indestructible.

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La infancia y su ilusión indestructible