La mujer que desarmó el mito Maradona

Gracias a la heroicidad humilde y sin pretensiones de Paula Dapena, hemos dejado de mirar solo la pelota para fijarnos también en las circunstancias


redacción / la voz

Se llama Paula Dapena y esta semana ha entrado en el Olimpo de las heroínas de las Rías Baixas, en ese universo plagado de mujeres capaces de enfrentarse a los lugares comunes, de reaccionar ante lo consabido y contra la corriente para llamar la atención sobre problemas y circunstancias que se justifican porque producen dinero, regalan felicidad, entretienen y se dejan pasar por inercia y comodidad hasta que alguien, normalmente una mujer, se planta y con su gesto desencadena un movimiento de reflexión y una mirada crítica sobre lo habitual.

Paula Dapena es futbolista y juega en el equipo Viajes Interrías. El pasado fin de semana tenían que disputar un partido amistoso con su club frente al Deportivo Abanca. En el autobús, comentó con sus compañeras que no pensaba guardar el minuto de silencio establecido por ley, sin discusión ni debate, en honor a la figura de Maradona.

La postura de Paula parecía un comentario sin más, una ocurrencia de autobús, pero cuando salieron los equipos al campo y se dispusieron a guardar un minuto silencioso por decreto, Paula Dapena se plantó, rompió el cristal y lo prometido en el bus se convirtió en un gesto que ha hecho reflexionar a medio mundo.

Su simbólica actitud, colocándose sentada y de espaldas en la hierba mientras el resto de jugadoras y el trío arbitral permanecía de pie y de frente, ha sido trending topic, que es el equivalente al antiguo dar la vuelta al mundo, pero, sobre todo, ha hecho pensar y ha provocado que nos preguntemos si no hemos sido demasiado complacientes y seguidistas en nuestra actitud ante la muerte del mito: basta que jugara muy bien al fútbol y diera alegrías para que el futbolista argentino fuera alabado y ensalzado sin que el ojo crítico se fijara en su persona ni en su vida. Hasta que Paula se sentó en el césped de espaldas y todo cambió.

Su gesto recuerda al puño levantado con guantes negros de los atletas de color norteamericanos en los Juegos Olímpicos de 1968, cuando Tommie Smith y John Carlos, medalla de oro y bronce en la carrera de 200 metros, hicieron la señal del Black Power para llamar la atención sobre la situación social de los negros en Estados Unidos.

La actitud valiente, sencilla y sin pretensiones de Paula debería haberse quedado en una anécdota aislada, pero las redes sociales la han amplificado hasta convertir un simple gesto en un mensaje. Su particular minuto de silencio devino en días de ruido y ha tenido una variable arousana. Su entrenador, Luis Treviño, míster del Viajes Interrías, estudia el ciclo superior de Enseñanza y Animación Sociodeportiva en el Instituto Miguel Ángel González Estévez de Carril. En el descanso, cuando aún nadie imaginaba la trascendencia del asunto, Luis le preguntó a Paula la razón de su sentada de espaldas, la jugadora le explicó por qué lo había hecho y el entrenador la apoyó.

Ese apoyo se amplificó cuando la dirección y el equipo de Igualdade del centro público de educación secundaria carrilexo mostró públicamente su respaldo a la futbolista. Rosa Gómez, la directora, explicó que el equipo docente del instituto reaccionó inmediatamente «diante do que está a pasar á xogadora, á que tamén se suma o seu adestrador, que leva con nós un par de anos».

El personaje y sus debilidades

Diego Armando Maradona era un mito, un personaje trágico al estilo clásico: ni un héroe intachable ni un dios perfecto y sin mácula, sino un personaje lleno de taras y debilidades más allá de su brillantez como futbolista. Los héroes de esas tragedias eran muy humanos y eso provocaba en los espectadores una cercanía, una visión crítica y una empatía: si al héroe mítico le suceden desgracias y está adornado de imperfecciones, también a mi, espectador de la tragedia, me puede sorprender la desgracia.

Pero eso era en el mundo clásico, en la antigüedad ejemplar y trascendente. En la modernidad superficial y simplista, los héroes no fallan nunca ni tienen flaquezas. Son mitos sin tacha ni tara, admirables campeones en los que solo vemos perfección y destreza. Hasta que Paula Dapena se sentó, se puso de espaldas y su gesto sencillo cambió la perspectiva y la mirada. Después de su minuto singular y reivindicativo nada ha vuelto a ser igual. Los medios de comunicación de masas han empezado a preguntarse si Maradona era un héroe a mitificar, un santo al que entronizar, ejemplo a seguir, camino de perfección, aspiración de jóvenes…

Ariel Rot, el músico argentino de Tequila, ha declarado que entiende el fenómeno Maradona, pero no lo comparte. Sin embargo, prudentemente, no entra en el fondo de la cuestión, se queda en lo superficial: el fútbol como fenómeno de masas, el espectáculo dantesco de su entierro. Paula, llena de ingenuidad y firmeza, fue al fondo de la cuestión y con su gesto radical ha recordado a aquellas mujeres de las Rías Baixas que, cuando los hombres disculpaban el narcotráfico y lo justificaban con el razonamiento de que movía dinero y creaba riqueza, dejaron a un lado la inacción y la complacencia para enfrentarse al problema. Su gesto de heroínas cambió la percepción de la realidad. Gracias a la heroicidad humilde y sin pretensiones de Paula Dapena, hemos dejado de mirar solo la pelota para fijarnos también en las circunstancias.

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