Andrea regenta, entre callejuelas, una residencia en la que desconectar
23 ago 2020 . Actualizado a las 05:00 h.Hace ocho años que Andrea Fernández, cansada de andar de un lado para otro en un viaje sin fin hacia el perfeccionamiento profesional, frenó en seco y se preguntó: «¿Qué quiero hacer? y, sobre todo, ¿qué es lo que me hace feliz?». Sin precipitarse y con la cabeza fría, volvió a sus raíces, en A Illa, para tratar de contestar las preguntas que no paraban de rondarle la cabeza. En un mar de dudas, y con el alboio donde su abuelo guardaba los aparejos de pesca como guarida, decidió que lo que quería era que su futuro se decidiera a través del arte. Así nace la residencia artística de nuestra mujer, La Platanera, ubicada en el paraíso isleño: «El objetivo es que la gente se evada, que desconecte. Para mí es una experiencia muy especial porque formamos una gran familia dentro de mi casa y del taller. La gente se siente tan cómoda que acaba formando parte de la isla», cuenta.
La pandemia del coronavirus no ha conseguido restar magia a la pequeña casita de azulejos de Andrea. Todo lo contrario, porque sirve de refugio privado a aquellos afortunados que logren reservar a tiempo. Para evitar que los invitados compartan habitación, Andrea se ha visto obligada a reducir el aforo a tres o cuatro personas como máximo. «Son cuatro días de experiencia donde me encargo de organizar talleres creativos, escapadas, sesiones de yoga o rutas en barco para poder disfrutar de un turismo no masivo», cuenta Andrea.
La Platanera no quiere ni oír hablar de límites de edad ni profesionales: «Hemos tenido gente de todas clase; poner un límite de edad me parece injusto, todo el que quiera puede venir y vivir la experiencia».
Los pilares del arte
Para los que todavía tienen al león del arte dormido en su interior, que sepan que no hay que tener experiencia previa para ir a esta creativa residencia. Lo importante es ponerle ganas. «Lo que les une a todos es querer desconectar y buscar su vena artística, entonces, aunque sean personas diametralmente opuestas, acaban conectando».
Andrea imparte dos talleres básicos dentro del retiro. Por un lado, un taller de serigrafía cerámica donde aprenden a hacer grabados personalizando objetos como platos o tazas, con sus ideas más rebuscadas, desde piñas gigantes hasta animales la mar de sonrientes, pasando por el estampado marítimo que les permite llevarse la ría en la maleta. Por otro lado, está el taller de serigrafía textil, en el que las camisetas más atrevidas rezan: «Para chula mi parrula». «La serigrafía es una herramienta muy poderosa de creación», sostiene Andrea, que trata de inculcar su amor por esta técnica a sus compañeras de retiro.
Durante estos días, Andrea comparte espacio con sus tres musas particulares. La primera se llama Bea, viene de Madrid «huyendo del calor y de la ciudad», y es diseñadora gráfica, así que las artes ya están presentes en su vida. La segunda creadora en ciernes es María, que viene desde un pequeño pueblo barcelonés: «Todavía nos estamos familiarizando, pero en nuestro primer día hicimos una ruta en bici y este lugar me parece un paraíso total», cuenta. Reconoce que ver los diseños de Andrea «coloca el listón muy alto», aunque ella promete no tirar la toalla. Por último está Clara, que también viene de Madrid y que «buscaba algo artístico pero también de relajación» y entrevió en este pequeña isla del mar de Arousa su refugio particular.