Aquí hay tomate que sabe a tomate

Eduardo es un hombre de tierra, que disfruta recuperando, temporada a temporada, especies autóctonas y otras llegadas de fuera; así sacia su curiosidad y, también, el hambre de buenos productos de la huerta


vilagarcía / la voz

La felicidad es un concepto que ha dado para muchos debates filosóficos. Qué es y dónde buscarla son preguntas que se plantean todos los mortales: desde los grandes sabios en sus noches de desvelo, hasta los mortales más prosaicos que se acodan en una barra del bar. Hay algunos afortunados, como Eduardo Nogueira, que parecen haber dado con la respuesta. Este joven vilagarciano ha encontrado la felicidad en los 2.200 metros de invernadero que heredó de su abuela.

Eduardo era un joven como otro cualquiera, en ese momento de la vida en el que hay que escoger camino. «Traballei nun supermercado, andiven ao mar...», cuenta. Pero acabó volviendo a tierra. A la tierra. «Hai uns anos empecei a vir a praza de Vilagarcía coa miña avoa, e ela cedeume a metade do seu invernadoiro». Así comenzó a descubrir Eduardo el mundo de la agricultura, al que ha acabado completamente enganchado. Algo debió ver en él la abuela, que no tardó en cederle el resto del terreno para que lo trabajase a su gusto. Y a eso se está dedicando él, a trabajar a gusto y a su gusto. «Durante un tempo estiven nunha cooperativa. Ten moitas vantaxes, pero o traballo é moi pautado. E a min o que me gusta facer é experimentar, probar cousas», explica este joven agricultor, que decidió dejar la asociación y volar por su cuenta, vendiendo sus productos los martes y los sábados sen la plaza de Vilagarcía y, cualquier día del año, a cualquier hora, a través de Facebook o WhatsApp.

A través de una pantalla pueden descubrir sus potenciales clientes la gran variedad de productos que este joven cultiva en sus tierras. Eduardo ha definido con mucha precisión las líneas maestras de su negocio. «Gústame probar. Encántame recuperar especies de aquí, e tamén traio das miñas viaxes sementes doutros lados para sementar e probar a ver como funcionan as cousas, se se dan, se non se dan, e se funcionan no mercado». No siempre lo hacen. El pepino blanco que trajo de Brasil, por ejemplo no logró conquistar a sus clientes, a los que ahora ofrece el pepino serpiente, otra raza importada de llamativo aspecto.

El rey del semillero

En apenas unos años, Eduardo cultiva cuatro tipos distintos de calabacín, tres clases de pepino, varias modalidades de berenjena... Aunque el rey del semillero y del puesto de la plaza es, en esta época, el tomate. En las cestas de su mesado se cuentan hasta ocho variedades autóctonas: el carnoso amadeo, el sabroso negro de Santiago, el sorprendente Mariló de Pontecesures, pasando por los cherry-Santiago, una combinación formulada en su invernadero por los abejorros que en él habitan, y que quieren participar en el trabajo de Eduardo. Pero la carta de tomates es, aún, mucho mayor, porque en ella hay alrededor de una veintena de referencias más de especies que no son de aquí, pero que encuentran en nuestra tierra el alimento necesario y el sol preciso para emanar ese intenso olor a verano que los caracteriza, que se vuelve aún más intenso al mezclarse con las plantas aromáticas que también cultiva Eduardo. Albahaca, menta de limón y de chocolate... «Tamén estou probando con estas herbas aromáticas. Cultivo tamén sandía, e este ano por primeira vez con melón», señala. Y todos esos productos, junto con las judías, las lechugas, las patatas, las cebollas, los pimientos, tienen compradores. Ante el puesto de Eduardo siempre hay alguien parado, escogiendo los manjares de la tierra que va a poner en su mesa, haciendo encargos y pedidos.

«Á xente parece que lle gusta o que fago. Non me queixo, porque teño clientes. Este ano a cousa vai un pouco máis frouxa, porque faltan moitos turistas... Pero aínda así vaise levando», comenta el joven mientras cobra el puñado de tomates que se lleva una pareja de fuera, encantada de su sabrosa y asequible compra. «Rico, con isto, non me vou facer. Pero eu son feliz, estou encantado», dice Eduardo.

 

Cultivo sostenible

Responsable con su entorno. Además de aprovechar todo lo aprendido de su abuela, Eduardo ha hecho numerosos cursos -y a ello sigue, porque «sempre hai marxe para mellorar e para aprender»-. Los conocimientos adquiridos le permiten presumir de que los suyos son cultivos sostenibles, en los que la química está proscrita. La lucha contra las malas hierbas se hace empleando mallas y otros medios, las plagas se controlan con plantas aromáticas, y contra los depredadores se libra una lucha biológica. «Fago todo como se fóra produto ecolóxico pero non teño o selo, porque aquí é imposible», dice.

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