La playa que llena los trenes

Vilagarcía no se convence de tener un arenal con bandera azul que gusta en Santiago


Vilagarcía / la voz

Cuando a eso de las cuatro de la tarde de un día soleado de verano, un poco después de las cinco o a eso de las seis los vilagarcianos suben por la avenida que lleva a la estación de ferrocarril, se quedan extrañados ante el gentío que desciende hacia la avenida Rosalía de Castro cargando con toallas, sombrillas, flotadores y balones de playa desinflados. A esa hora llegan los trenes de Santiago en los que los compostelanos se acercan a su playa favorita: la que tienen más a mano, la de más cómodo acceso, la menos peligrosa, la más tranquila y en la que siempre van a encontrar sitio.

Saliendo de la estación de Santiago a las 15.30, están en Vilagarcía a las 15.49 pagando cinco euros. Cuatro horas después, con la piel colorada, el salitre blanqueando las piernas y el cuerpo tonificado, vuelven a subir a la estación y a las ocho y cuarto llegan a Santiago tras 20 minutos de viaje, contentos y convencidos de que la playa de Vilagarcía sigue siendo tan agradable y familiar como cuando venían con sus padres hace 30, 40 o 50 años.

A los vilagarcianos, esa pasión de los de Santiago por nuestra playa nos deja atónitos. No acabamos de entender que si nosotros escapamos a As Sinas o A Lanzada, ellos vengan encantados hasta este arenal grandote de arena gruesa que no acaba de convencernos. Sin embargo, los de Santiago vienen en masa a esa playa que por algo se llama de Compostela, llenan los trenes y disfrutan lo que no está escrito donde nosotros no hacemos más que quejarnos como contaba días atrás Antonio Garrido en estas páginas.

A los vilagarcianos, la Compostela no nos parecía una playa en 1990 porque aquel arenal era tan pequeño que cuando subía la marea desaparecía y no nos parece playa en 2020 porque es tan grande, tan desmesurada que apabulla y no nos la acabamos de creer. Cuando a mediados de los 90 la playa de Compostela consiguió por primera vez la bandera azul, nos quedamos de una pieza porque nos parecía imposible que algo que no apreciábamos aquí, fuera apreciado allí. Aquella bandera azul fue conseguida gracias al esfuerzo del equipo municipal que lideraba el arquitecto y concejal Carlos Berride. Quienes trabajaron con él no lo olvidan y tampoco olvidan la satisfacción que sintieron cuando la Unión Europea concedió aquella primera bandera azul entre la incredulidad de medio Vilagarcía y el escepticismo de la otra media.

El equipo que consiguió aquella bandera recuerda que hubo quien sospechó que la habían comprado. Si no era así, parecía imposible que hubieran premiado con tal galardón a aquel arenal menospreciado, por mucho que los compostelanos llevaran más de medio siglo disfrutando de unos encantos que en Vilagarcía no veíamos por ningún lado.

Pero lo cierto es que esa playa grandota de arena basta, que acaba de conseguir de nuevo su bandera azul, es un emblema de la ciudad. Miles de gallegos conocieron de niños Vilagarcía porque sus padres los traían a visitar Fexdega y a bañarse en la playa de Compostela. Y la gracia de nuestra playa no es cosa de un día, sino de muchos lustros. Fue un 17 de julio del año 1888, cuando las crónicas periodísticas contaron la inauguración del maravilloso balneario de la playa de Vilagarcía, un edificio de singular arquitectura chinesca que venía a completar el atractivo de aquella villa cuyo muelle de hierro y cuyos palacetes del Casino o A Comboa merecían el privilegio de representar en postales la belleza del lugar. Aquel balneario instalado sobre la playa tenía un elegante restaurante con mesas de mármol, un acogedor gabinete de lectura, un mirador, billar romano, tocador de señoras, divanes, vidrieras, piano... Y 60 habitaciones para recibir baños medicinales de pila, placer y algas. No es de extrañar que tanto lujo, profusamente descrito en las revistas de la época, acabara formando parte del imaginario colectivo, que asoció y asocia la playa de Vilagarcía con un lugar selecto, aunque al final se haya convertido en un arenal cuya gracia principal es la comodidad y que se puede venir en tren, fresquito, cómodamente y sin padecer el agobio de la carretera y de la búsqueda de aparcamiento.

La Compostela es hoy un complemento del paseo marítimo. Tiene su gracia pasear sobre las baldosas con la arena al lado, también es única cuando la bajamar deja al descubierto los viveros de Carril y los turistas se quedan extasiados ante una singularidad tan llamativa como esas parcelas donde cada mariscadora cultiva sus almejas. Con la nueva realidad y la distancia social, nuestra playa grande, descomunal, casi exagerada, ofrece la ventaja de que caben muchos bañistas guardando las distancias convenientes. Como postal, no tiene precio: desde las faldas del Xiabre, desde un dron o desde los dos extremos, las fotografías panorámicas de la Compostela nos regalan una imagen de Vilagarcía tentadora. Y ahora, con la bandera azul, nuestra playa accede al Olimpo de los grandes arenales.

Pero no hay manera. En Vilagarcía seguiremos frunciendo el ceño cada vez que nos hablen de bañarnos ahí. Aunque vengan en tren desde Santiago a disfrutarla y aunque enarbolen desde Bruselas una bandera azul, la Compostela seguirá siendo la playa que no nos gusta.

Algunos pensaban que el equipo de Carlos Berride había comprado la bandera azul

Desde las faldas del Xiabre o desde un dron, la Compostela es una bella postal

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