En el Fantasio, Costner parecía un pitufo

Era el único cine conocido en el que la entrada de gallinero costaba más que la de patio


redacción / la voz

En el cine Fantasio, descubrí que llega un momento en que los hijos rechazan a los padres o, por decirlo de otra manera, no los soportan. Es ley de vida, a todos los padres nos pasa. Luego, con los años, esos mismos hijos descubren que padre no hay más que uno, que un padre siempre está ahí y entonces vuelven a valorarte. Pero del período de rechazo no te libra nadie.

Solía ir con mi hijo al cine Fantasio a ver películas de dibujos animados, de súper héroes o de aventuras galácticas. Nos sentábamos juntos en dos butacas pegadas al pasillo y pasábamos un buen rato atrapados por el paréntesis del cine: ese rato a oscuras en el que te introduces en una maravillosa fantasía y olvidas que afuera hay una realidad menos emocionante. ¡Era bonito ver películas juntos!

Pero una tarde, mientras avanzábamos por el pasillo del Fantasio, mi hijo se detuvo y con un desparpajo cruel, pero firme, me dijo: «Papá, yo me voy a quedar por aquí, en estas filas, tú siéntate donde siempre y al salir, ya nos vemos». Me quedé petrificado, aunque reaccioné bien y respeté su deseo. Aquella tarde, ni fantasía, ni milongas, vi la película con una desazón lacerante, una angustia que conocía porque ya había vivido media docena de frustraciones parecidas. Aquel desplante de autoafirmación de mi hijo me marcó.

Será por ese recuerdo por lo que no olvido el cine Fantasio. He entrado en muchos cines a lo largo de mi vida. Cines gigantes de 2.000 butacas, cines ultramodernos de sillones ergonómicos con consumición incluida, cines dispuestos en anfiteatro, cines al aire libre... Pero el único cuyo recuerdo tengo siempre vivo es el Fantasio: un cine bonito y coqueto y el único que he conocido donde costaba más la butaca de gallinero que la butaca de patio. Pero fue el episodio de aquella tarde en la que mi hijo decidió ser adolescente y rechazar al padre el que convirtió la bombonera cinematográfica de la calle Castelao en un hito de mi memoria sentimental.

De todas las gracias del cine Fantasio, la que más descolocaba era que el gallinero costara más que el patio. Me decían que se trataba de un gallinero muy lujoso y con mucha clase, pero yo miraba y remiraba y no veía ninguna diferencia entre arriba y abajo salvo que pagabas más por subir escaleras. Se trataba, en fin, de un cine distinto y que el 16 de abril del año 2000 se cerrara con la proyección de Cinema Paradiso, la única película que siempre que la veo me hace llorar. Fue un acto inolvidable: despedíamos una sala que marcó época con la película que mejor ha contado lo que el cine significaba cuando no había ni tan siquiera televisión.

Llegué a Vilagarcía cuando el cine Cervantes aún humeaba tras el incendio que lo destruyó y me marché al poco de cerrar el Fantasio. Ahora, ya ven, con el confinamiento, las películas se estrenan en las plataformas y las vemos en nuestras televisiones incluso antes de que lleguen al cine. Es entretenido tener una oferta tan estimulante y disfrutarla con solo apretar un botón de nuestro mando a distancia. Pero no es lo mismo.

Cuando íbamos al Fantasio, teníamos que esperar meses para que llegaran los estrenos a Vilagarcía. Recuerdo que un mes de abril de 1992 se estrenó en el cine Fantasio la película JFK de Oliver Stone. Tardó casi tres meses en proyectarse en Vilagarcía y tenía tanta fama que la sala estaba llena. Pero la proyección fue un desastre: el sonido a veces desaparecía y los protagonistas movían los labios, pero no decían nada. Como la trama era compleja y no podías perderte ni una conversación, aquellas elipsis forzadas por el silencio aguzaban tu imaginación y pasabas la película en tensión absoluta. La imagen se veía un poco desenfocada y el color sin demasiada nitidez. Luego estaba el momento de máximo peligro en los cines de antaño: cuando cambiaban los rollos y la pantalla chisporroteaba de manera inquietante.

Elipsis forzadas

Como aquella copia llevaba un trimestre recorriendo los cines de España y el empalme de los rollos se hacía a mano, cortando y pegando, en los cambios, además de chispas, había saltos sorprendentes, o sea, más elipsis que rellenar. En fin, ibas al cine, pero no te arrellanabas en la butaca y ahí te las dieran todas, sino que tenías que trabajarte la película. Al acabar, el necesario respeto cinéfilo de dejar que salieran todos los títulos de crédito era una quimera. Aparecía el «The End» y pantalla en negro inmediatamente, luces encendidas y a tomar un café al España o al Plaza, según gustos. Es más, en JFK, las «letras» del epílogo, donde se contaba qué había pasado después de la historia contada en la peli, se nos escamoteaba. Elipsis final y a imaginar.

Recuerdo que en JFK, a veces se aceleraba la peli imperceptiblemente y Kevin Costner hablaba con tonillo de pitufo. Dirán ustedes que cómo es posible añorar tanta imperfección. Pues sí, se añora porque, a pesar de todo, el Fantasio tenía magia, el cine era emoción y asumíamos la imperfección con normalidad. Ahora, ya ven, mucha perfección y mucho Netflix, pero llega un virus y lo desordena todo.

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En el Fantasio, Costner parecía un pitufo