La culpa es del Xabarín Club

Cómo el programa de la TVG triunfó sobre la «buena educación» del José Antonio y el Liceo


VILAGARCÍA / la voz

Mi hijo toca en tres grupos de rock. Uno se llama Fuck the Leader, el otro Maromako y del nombre del tercero no me acuerdo. Es un nombre gracioso y provocativo, pero no me atrevo a preguntárselo por wasap porque sé que no me lo va a decir. Remedando aquel famoso artículo de Manuel Vicent, No pongas tus sucias manos sobre Mozart, dicho por un padre a su hijo, mi vástago me diría: «Quita tu mano y tu pluma de mis grupos de rock».

 Mi hijo piensa que si su padre escribe artículos sobre su música, la convierte en mercancía. Hace años, me llamó para tomar un café. Era la primera vez en su vida que hacía eso y me asusté. Supuse que me anunciaría que iba a tener un hijo o que quería abrir un garito punki, pero no, solo quería verme para rogarme encarecidamente que no escribiera sobre sus grupos de rock.

La música que hace mi hijo no es rock a secas. Sé que tiene un nombre, quizás sea nu metal, o death metal, ¡yo qué sé! Mejor no intento definir su arte porque meteré la pata irremisiblemente. Para explicar su música, lo mejor es contar que cuando vamos de viaje juntos, empiezo la excursión en plan padre enrollado y le dejo poner sus discos, pero a los diez minutos lo conmino a poner a Massiel o a Karina so pena de salirme de la carretera. A pesar de ser una música tremebunda, lo cierto es que con sus diferentes grupos ha grabado ya una decena de discos, sobre todo con uno llamado Wan Tung Frito, que llegó a ser bastante conocido y ganó algunos concursos, y claro, antes de que el triunfo los prostituyera, disolvieron el grupo y apostaron por el underground extremo, no fuera a ser que la fama acabara con la autenticidad.

En uno de esos concursos, al nombrar el concejal de Cultura de Coria el grupo ganador, no entendió nada del nombre, lo tradujo libremente y anunció: «El ganador es Juan Antúnez Fito». Los Wan Tung Frito ni se inmutaron y el público se quedó atónito pues ningún participante se llamaba Juan. Ahora, con sus nuevos grupos, mi hijo y su gente triunfan en sitios raros: la Siberia extremeña, los gaztetxes de Vitoria, un festival de Palencia que yo creo que se llama HorrorosoRock, aunque mi hijo dice que no para despistarme, una sala anarquista de Ávila (¿quedan anarquistas... y en Ávila?) y una ruta andaluza de músicas duras y auténticas en salas poligoneras algo precarias: ayer sábado tocaban en Jerez de la Frontera, pero les avisaron el lunes de que se clausuraba el concierto porque el Ayuntamiento de Jerez (¡malditos municipotes puretas!) había clausurado el galpón-rock.

 Qué hemos hecho nosotros

¿Qué hemos hecho nosotros para merecer esto? Nos preguntamos su madre y yo. Pero si llevamos a nuestro hijo al colegio José Antonio Primo de Rivera, el más serio y respetable de Vilagarcía, si nuestro hijo fue alumno del entrañable y estricto profesor Malófer, si lo hicimos del Liceo y jugó en su equipo de baloncesto... Es verdad que él y el hijo del concejal comunista Cora Mouriño eran los únicos niños que no iban a Religión y pasaban la hora aislados en la biblioteca del cole, pero esa no es razón suficiente para que acabara emulando a Montserrat Caballé en un concierto en Mérida. La soprano se rompió la pierna porque se derrumbó el escenario en el Teatro Romano durante una ópera y mi hijo se fracturó la rodilla porque se hundió el palco levantado sobre cajas de cerveza en una sala alternativa emeritense mientras cantaban una melodía sobre Mayor Oreja.

 Como los padres siempre estamos buscando un culpable para entender lo inefable, mi mujer encontró el otro día un carnet y se le hizo la luz. «¡La culpa de todo la tiene el Xabarín Club!», gritaba mientras blandía un carnet del popular programa infantil de la TVG. Era el documento que acreditaba la militancia infantil de mi hijo en aquella secta underground auspiciada por la Tele Gaita de Manuel Fraga y Paco Campos, un programa infantil donde aparecían, recuerda mi hijo, que venera el Xabarín, Def con Dos, Siniestro Total, O Caimán do río Tea, Silvia Súper Star o Heredeiros da Crus. De esos ídolos, estos lodos.

 El primer bajo

Mi hijo recuerda que en Xabarín Club ponían unas series de anime japonesas que eran una pasada y cuyos muñecos protagonistas vendían en Suministros Arosa. El caso es que en cuanto tuvo el carnet en sus manos, lo fotografió y se lo envió a unos colegas de Verín, miembros de otro grupo durísimo con el que va a grabar un disco. No me quiere decir su nombre para que no los manche con mi prosa progre-casposa de periódico serio.

 Mi mujer, además de culpar de todo al Xabarín, también me acusa a mí por haberle comprado el primer bajo en la tienda de Alfonso Galbán cuando estaba en Rey Daviña. Este verano, mi hijo acudirá al Resurrection Fest de Viveiro con su chica y luego la traerá a Vilagarcía para hacer con ella, como cada verano, la ruta de su educación sentimental: el Liceo, el José Antonio, Musical Duende, Suministros Arosa... Mientras escuchan en Spotify el Xabarín Xa Te Vin de Yellow Pixoliñas.

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