Os Duráns, algo más que un barrio

Antes de que existieran As Pistas, las familias jóvenes vivían detrás del ayuntamiento


redacción / la voz

Mi primera vivienda en Vilagarcía estaba en Os Duráns, al final de una corredoira. Quizás no fuera un lugar elegante y las vistas eran horribles, pero a mí me gustaba salir de casa temprano y aspirar por aquella corredoira un olor ácido a tierra húmeda que desconocía y me hacía sentir un ser privilegiado que vivía en un paraíso.

En fin, cosas de la edad, porque, en realidad, yo vivía en aquel edificio porque había sido víctima de un timo. Les cuento: servidor era muy joven y acababa de llegar a Vilagarcía. Al poco de descender del tren y ocupar una habitación en la pensión Cortegada, había entrado en la primera inmobiliaria que vi y había alquilado el primer piso que me enseñaron.

Para que entiendan el timo, les diré que el piso era todo interior, que la calefacción no funcionaba, que me cobraban de alquiler la mitad del sueldo (todos los pisos que alquilé años después, siempre en el centro de la ciudad, frente al ISM o junto a la iglesia, fueron más baratos) y, para rematar, como el edificio no tenía cédula de habitabilidad, desde Porto no nos podían traer bombonas de butano a casa, aunque, haciéndonos un favor, nos las dejaban en la puerta y bajábamos a por ellas.

Como era joven y optimista, enseguida me olvidé de las carencias y me inventé unos encantos forzados que me dieran consuelo. Por ejemplo, aquel olor ácido de la corredoira. Por ejemplo, que cuando me asomaba a la ventana del salón, veía solamente el patio trasero de una casa y a un señor que cortaba troncos con un hacha, imagen que me parecía el colmo de la ruralidad campestre. Por ejemplo, que al final de la corredoira había una tienda atendida por una señora llamada Sita, donde podía comprar casi de todo, incluidas unas cabezas de cerdo gigantes y saladas que no había visto nunca.

Así que entre la corredoira, el leñador y el colmado de Sita, me fabriqué un universo mítico llamado Os Duráns, que trascendía la categoría de barrio humilde para convertirse en paraíso ecléctico: mitad rural, mitad urbano. Para completar el edén inventado, un día me enteré de que aquel leñador que veía desde la ventana del salón no era otro que el Alcalde de Vilagarcía, José Recuna Villaverde. Y al día siguiente, cuando iba a trabajar, me crucé con una señora muy extraña que llevaba una hoja gigante de berza tapándole la cara. Le pregunté si necesitaba ayuda y me explicó que no, que con aquella col le bastaba para tener todo solucionado. Debí de poner cara de extrañeza porque la buena mujer se sintió obligada a aclararme la razón de su extraño abalorio: «No, no lo llevo por decoración, lo llevo por el mal de ojo».

Creo que ese día llegué al clímax: vivía en una ciudad con alcalde leñador, señoras con coles mágicas en la cara paseando por las corredoiras y tenderas que despachaban en la tienda de la esquina cabezas de cerdo saladas. Comprenderán que con tanta novedad y con 24 años, Os Duráns eran para mí bastante más que un barrio, eran una aventura, una manera de ir descubriendo Galicia en didácticas lecciones. Es más, cuando ahora leo a Carlos Casares, a Álvaro Cunqueiro o a Ramón Otero Pedrayo (curiosamente, ese era el nombre de mi calle en Os Duráns), siento como si me trasladara a mi primer barrio vilagarciano.

Es curioso que mis lecturas de autores gallegos estando en Galicia fueran muy esporádicas o casi obligadas mientras que ahora, a 700 kilómetros, leo casi todos los días algunas páginas de mis autores favoritos en gallego y me parece volver a sentir el perfume de la corredoira, la voz de Sita despachándome manojos de grelos, los golpes secos y sincronizados del hacha de José Recuna.

Os Duráns fue el primer barrio de clase media de Vilagarcía. Antes de que existieran As Pistas, donde en los 90 se fueron a vivir las familias jóvenes, en Os Duráns se levantaron pisos sin un criterio urbanístico depurado. Parecía un barrio nacido de aquella manera, donde había pisos como el mío, habitados sin licencia.

Os Duráns tenía la gracia de que, siendo plenamente ciudad, limitaba con el rural estricto y parecía que vivías en una zona de transición: al salir de casa, bien podías meterte en la intensidad urbana, bien podías dirigirte hacia el lado contrario y perderte por los caminos que iban hacia Marxión o hacia las vías del tren y las aldeas más características de Vilagarcía: A Torre, Trabanca Badiña, etcétera.

Cuando me acerco ahora por el barrio que me acogió, me gustan tanto las reformas que se han hecho y cómo se han humanizado la calles y mejorado la accesibilidad, que no echo de menos el barrio que fue. Entras en Os Duráns por aceras de tres metros, sin barreras arquitectónicas molestas, con maceteros ornamentales y otras obras fundamentales que no se ven, pero se notan: mejoras de la red de alcantarillado y agua potable.

A veces echo de menos el olor a tierra húmeda, el ruido del hacha de Recuna o la tienda de Sita siempre abierta, pero el espíritu de barrio permanece y me recuerda el encanto de aquellos años 80 en que Vilagarcía empezó a hacerse una ciudad moderna.

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