«Hai cornos para todos»

La isla de Tenerife es destino habitual de las excursiones arousanas de fin de estudios


redacción / la voz

La semana pasada estuve en Canarias. Fui a una reunión de directores de escuelas superiores de arte dramático (ESAD). Somos 14 en España. Por la ESAD de Vigo iba la subdirectora, Cristina Domínguez, una mujer encantadora que pone los puntos sobre las íes con suavidad y prudencia, es decir, mano firme en guante de seda, y que en estas reuniones me cuenta cómo le gusta A Illa de Arousa, donde a veces ensaya y representa montajes teatrales.

El viaje era de trabajo, pero cuando dices que vas a Canarias, nadie piensa que vayas a trabajar, sino que suelen vacilarte como si viajar a las islas fuera una garantía de fiesta, galbana y siestas al sol en la playa. Durante mi estancia en Tenerife, me hubiera gustado ver a la vilagarciana Sara Villar, que trabaja en un hotel de Adeje, y a otros antiguos alumnos que viven en la isla, pero las reuniones no me dejaron mucho tiempo libre, aunque eso sí, entre debate y debate me dio tiempo a recordar tantas excursiones a Tenerife acompañando a mis alumnos de los institutos vilagarciano Bouza Brey y Armando Cotarelo.

En aquellos tiempos, la década de los 80, los viajes en avión eran muy caros y para poder ir de excursión de fin de curso a Canarias había que organizar muchas fiestas en las discotecas Zao y Tótem y vender muchos polvorones y mucha lotería con recargo. Pero siempre acabábamos recaudando los dos millones imprescindible para que 50 estudiantes y dos o tres profesores saltáramos el charco y disfrutáramos de una semana canaria.

Cualquier docente sabe que su trabajo en estas excursiones es más de negociador, enfermero y vigilante que de turista. Pasas la primera mañana en el vestíbulo, atendiendo a los relaciones públicas de las discotecas, que vienen a hacerte ofertas «que no podrás rechazar». Unos regalan el traslado en autobús y la segunda copa o refresco, depende de la edad de los jóvenes, el siguiente añade una copa más y un cátering a las tres de la mañana, la puja se calienta y el tercero suma gorros, matasuegras y capitas de Superman mientras el profesor, aterrorizado, no sabe cómo reaccionar ante tanta promesa de desmadre escolar y noche toledana. Nunca olvidaré una negociación en la que, ante nuestra reticencia a aceptar ninguna propuesta, el relaciones públicas de una sala nos intentó convencer con su oferta premier: «Si llevan ustedes a sus alumnos a nuestra discoteca, les pondremos una mesa especial en un reservado con champagne francés, emparedados y unas chicas a su servicio». Mis alumnos son testigos de que expulsamos a aquel negociador del hotel tinerfeño y que nunca entramos en aquella sala de perdición, sino que acabamos en el paseo marítimo de Los Cristianos tocando una gaita y una pandereta y pidiendo la voluntad. La gaita la tocaba mi alumno Eduardo Dito, la pandereta, un servidor, y sacamos unos duros con los que tomarnos unos zumos en algún bar sano y sin ofertas irrechazables.

Pero a pesar del cuidado que poníamos, de la vigilancia activa y de los consejos repetidos: «No bebáis, no os perdáis, cuidado con los canarios, que son muy melosos...». A pesar de los avisos, la primera noche era fatal porque siempre había algún alumno que bebía más de la cuenta y, al no estar habituados (entonces no se estilaba el botellón), se ponían fatal. Aunque solo una vez acabé en una ambulancia como acompañante y no fue tanto por la bebida, cuanto porque la alumna comía poco para estar delgada, tomaba demasiado sol para estar morena, dormía poco para salir de marcha y si a eso le añades un par de copas, el desenlace está escrito. Como ven, acompañar a alumnos de excursión es un peligro y ni duermes ni descansas porque al volver de las discotecas, te toca vigilar por los pasillos para evitar que las fiestas de habitación acaben como aquella primera noche en que nos acostamos confiados y a las seis de la mañana nos vino a despertar el recepcionista. «Les devuelvo el dinero y se van ahora mismo», nos dijo y tuvimos que negociar duramente para no acabar durmiendo en la playa.

Otro oficio del profesor de excursión a Canarias era el de ejercer de censor de excesos amorosos. A pesar de los avisos sobre los peligros de la melosidad isleña, los canarios hacían estragos y los profes, sobre todo los de EGB, iban de mesa en mesa en las discotecas separando a quienes se aproximaban demasiado. Pero claro, tampoco ibas a agarrar de la oreja a muchachas de 18 años que se enamoraban de un tinerfeño «grasioso».

Al volver a Vilagarcía, en el bus que nos llevaba al aeropuerto, todos se conjuraban para callar deslices y pecados al grito de: «Lo que pasa en Canarias, se queda en Canarias». Pero a los 18 años cuesta ser discreto. No olvidaré la que se montó cuando, al regreso de una de estas excursiones a Tenerife, durante una fiesta en Vilanova, varios novios de alumnas viajeras preguntaron por la experiencia a un colega participante en la excursión. Su respuesta provocó un terremoto que perdura: «Foi unha pasada, hai cornos para todos».

Como ven, eran mucho más divertidos aquellos viajes como profesor que vigila que estos viajes como director que debate.

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