Un ángel de la guarda para Castiñeiras

Marcos Gago Otero
marcos gago MARÍN / LA VOZ

AROUSA

MARCOS GAGO

Esta vecina acude todos los viernes al lago para dar pan a los patos desde hace seis meses

06 mar 2018 . Actualizado a las 05:00 h.

Viernes al mediodía. Los patos del lago de Castiñeiras, en Marín, están a la espera. Es invierno y un día desapacible, pero puntualmente María del Carmen Fernández Otero acude a su cita con este espacio natural situado en la zona más elevada de los montes de O Morrazo. Baja del vehículo al que le trajo su marido y se acerca a la orilla. Nada más verla, los patos empiezan a congregarse a su alrededor y ella empieza a darles pan. Es un ritual que se repite una y otra vez desde hace seis meses. Eso sí, solo los viernes.

El pasado verano al lago de Castiñeiras podría llamársele el lodazal o la pradera, porque había de todo menos agua. La causa se debía a la pertinaz sequía, unida a las fugas de agua por una presa que parece un coladero y que la Xunta no ha querido arreglar nunca, más allá de vagas promesas con los comuneros. La cuestión es que la hierba comenzó a brotar donde debían estar nadando las ranas y los patos del lago se encontraron sin su medio acuático habitual.

En esa época fue cuando esta vecina marinense se empezó a preocupar por estos animales y decidió darles de comer de forma habitual. Ella disfruta haciéndolo y los patos también lo pasan bien con la comida extra. «Vengo aquí todos los viernes, ya vine cuando estaba seco y me daba pena», precisa. Sabe que los animales no están indefensos porque entiende que los guardas del recinto los alimentan también.

Sin embargo, echarle pan a los patos en Castiñeiras forma parte de la tradición más arraigada en los visitantes a este recinto natural desde hace décadas. Y en épocas de sequía como la del pasado verano, que se agravó con un otoño más seco que nunca, estas aves apreciaron más de lo normal el sustento ofrecido por los humanos. Como suele pasar y parafraseando el refrán, la costumbre se hace ley y cuando regresaron las lluvias esta vecina siguió subiendo al lago cada semana. Así vio como el azul del agua volvía a ocupar el verde de la hierba que había crecido en su lecho en los meses sin precipitaciones y los animales se habituaron a su presencia hasta casi dejarse tocar.

Animales inofensivos

¿Cómo reciben los patos a María del Carmen? Con expectación. «Ya viste como venían para junto de mí», explica al periodista mientras una docena de estos animales la rodea y entre graznido y graznido, aprovechan cada pedazo de pan hasta no dejar una miga sobre la hierba. «Yo soy una defensora de los animales», manifiesta esta vecina. Para ella, es una cuestión de gustos. A ella le encanta verlos acercarse, comer y se siente feliz en un entorno natural de la belleza del lago de Castiñeiras. No la arredra ni el calor ni el frío. Le gusta hacerse fotos en esta pequeña masa de agua que, pese al abandono de la Administración, todavía mantiene un encanto especial y sentimental entre los vecinos de Marín y buena parte de O Morrazo.

«Me gusta venir aquí, me atrae mucho el lago, siempre que puedo vengo y le hago fotos», asevera. El frío aprieta y el ritual de darle de comer a los patos es más breve de lo habitual. En el cielo hay nubes grises que amenazan lluvia. María del Carmen abre la bolsa que lleva, espera a que se acerquen los primeros animales y echa en la orilla los primeros trocitos de migas y corteza. Los graznidos de alegría de unos patos atraen al resto y pronto está rodeada de estos animales. Vacía la bolsa, les hace una foto y regresa a la furgoneta donde la espera su marido para bajar a Marín, hasta el próximo viernes.

Afición por las aves

Los patos que viven en Castiñeiras son de procedencia variada. En estos momentos, los hay salvajes, sobre todo el ánade, pero también hay bastantes ejemplares asilvestrados, que sus dueños soltaron en este entorno acuático por diversas razones. Su ángel de la guarda disfruta con todos ellos por igual. Son demasiados para ponerles nombre, o al menos no se le ha ocurrido hacerlo, según ella misma confiesa. Señala que no tiene favoritos -«todos me gustan», incide-.

No obstante, sí muestra cierta preferencia hacia uno de ellos. «Me llama la atención uno grande que hay aquí, que está como asfixiado, que se ve que padece de algo. Debe ser el mayor de todos», comenta esta vecina.

Fernández Otero no pertenece a ninguna asociación de defensa de los animales, ni es integrante de ninguna protectora. Sostiene que su interés por estas aves surge de forma natural, «por afición», relata. Mientras pueda, seguirá subiendo a Castiñeiras cada viernes para poder pasar sus minutos dando pan a los patos del lago. Hasta ahora ha cumplido prácticamente todas las semanas, con contadas excepciones. El lago, para este vecina de Marín, mantiene intacto su atractivo en un entorno forestal que muchos vecinos esperan que algún día recupere su antiguo esplendor de años pasados, cuando era uno de los ejes turísticos de la provincia.