Ni vagos, ni indolentes. Alumnos del instituto Castro Alobre de Vilagarcía demuestran que, cuando se les da la oportunidad, nuestros adolescentes son capaces de soñar (y de poner en marcha) un mundo mejor
21 nov 2016 . Actualizado a las 05:00 h.Les propongo un juego. Imagínense a un rapaz de unos 16 años con un teléfono móvil en la mano. ¿Qué creen que está haciendo? Seguro que la primera respuesta que les ha venido a la cabeza es que está perdiendo el tiempo entre whatsapps y redes sociales. Y tal vez acierten. O tal vez no. «Mis padres se quejan a veces cuando me ven con el móvil en la mano. No se dan cuenta de que paso mucho tiempo informándome o leyendo libros que me he bajado», contesta Alberto. Este año cursa el primer curso de Bachillerato en el instituto Castro Alobre. El pasado, él y sus compañeros de clase vivieron una especie de terremoto mental. Su profesor de Ética, José González, decidió empujarlos a conocer el mundo, con todo lo que tiene de bueno, con todo lo que tiene de malo.
Los descubrimientos que hicieron han cambiado a los rapaces. Al menos, así lo creen sus padres. Presentamos como prueba el testimonio de Rosina Sobrido y Sindo Guerrero. Ella es la madre de Óscar, un rapaz que el año pasado, para sorpresa de todos, pidió de regalo de Navidad «solo un libro». Él, que era casi un coleccionista de tenis, inició así un giro copernicano. «Su actitud, de repente, era completamente distinta. Antes, lo primero era yo. Ahora, sin embargo, el yo es importante, pero dentro de la familia, del grupo de amigos, de la sociedad», cuenta la orgullosa madre del adolescente que engulle libros de filosofía y luego «los comenta con todo el mundo». «Han aprendido a ser más conscientes de lo que pasa a su alrededor», apunta Sindo. Su hijo, Jacobo, siempre ha sido «bastante sensible con los temas sociales». Y desde el curso pasado, mucho más.
Los dos padres hablan delante de la clase de sus hijos. Y ninguno de los adolescentes allí presentes los contradice. Quizás porque se sienten un poco halagados. O, simplemente, porque están de acuerdo con el relato que están oyendo de su metamorfosis. Esteban, que hace unos meses sorprendió a su familia reutilizando libretas que le habían quedado a medio usar del curso pasado, explica el porqué de su cambio. «Una cosa es que te cuenten lo que pasa desde la televisión y otra es que venga al instituto la gente de Arousa Solidaria».
Que un hombre que te puedes cruzar por la calle cualquier día te explique que no puede alimentar a sus hijos porque no tiene trabajo, y que no encuentra nada que hacer porque no tuvo ocasión de estudiar, puede resultar demoledor. A más de uno de los alumnos del instituto, ubicado en pleno centro de Vilagarcía, les bastó para replantearse su relación con los libros y con las aulas. Para querer echar una mano al prójimo y, también, a sí mismos.
Ni generación ni-ni, ni nada
«¿Cómo que no tenemos futuro, quién lo ha dicho?», pregunta Gabriel en voz alta. «El futuro depende de ti, de lo que hagas, de lo que te esfuerces», remacha. Resulta extraño oír hablar a alguien tan joven de un valor, el del esfuerzo, que a veces parece tan pasado de moda. Sus compañeros salen en tromba a respaldar sus argumentos, dispuestos a desmontar los tópicos de la generación ni-ni. Lo hacen, vaya si lo hacen. Son, como dice su orgulloso profesor, un grupo capaz de «facer cousas extraordinarias».