De don Manuel a «profe Manolo» en 40 años

Sus primeros alumnos eran niños nacidos en el Franquismo. Ahora da clases a pequeños de la era 2.0


pontevedra / la voz

Con Manuel Aboy podría hacerse, sin lugar a dudas, una serie Cuéntame de la educación en España en los últimos cuarenta años. Casi, casi hasta se da un aire a Antonio Alcántara cuando, primero, con una lozanía como la que tiene el alter ego de Imanol Arias, dice que no rotundamente a la entrevista y luego, poco a poco, se deja convencer. Pero al final es más como Merchi, la matriarca de los Alcántara, todo un pozo de sabiduría. Eso al menos dicen quienes le conocen bien, como sus compañeros del colegio Praza de Barcelos de Pontevedra. Porque Manuel, que acepta que le llamen Manolo pero no le gusta gran cosa el hipocorístico, es maestro en este centro educativo. Y acaba de empezar el que, salvo sorpresa de última hora, será su último curso. Cumple los 65 en tres meses. Así que espera que el 2017 le coja ya disfrutando de la jubilación.

Aparece Manuel en los pasillos del colegio en pleno recreo, entre una nube de chiquillos que meriendan, juegan o trastean la puerta. Uno llega a sentirse acongojado ante tanto ir y venir de alumnos, que acaban de salir al descanso y están deseosos de chillar, correr y saltar. Sin embargo, él no parece ponerse nervioso. Habla con unos y con otros, saluda a un par de chavales, le recomienda a otro que tenga cuidado con no lastimarse en la puerta y sigue andando tranquilamente. Al principio, es reticente a echar la vista atrás. Pero hay una pregunta que le convence. ¿Le apetece jubilarse, se le dice? Y contesta: «Pues no sabría qué decirte, la verdad. Estoy bien pero cumplo los 65 años y bueno... algo se nota el cansancio».

Luego, aprovechando un pequeño hueco de pasillo libre de gritos infantiles, Manuel sí abre la caja de recuerdos. Pone la mente en 1976, cuando el joven de Cuntis que era entonces, de 24 años, aprobó las oposiciones. «La verdad es que tuve suerte, me tocaron temas que tenía controlados y saqué un resultado muy bueno», cuenta. En los pupitres se sentaban entonces alumnos nacidos en los últimos años del Franquismo, que se estrenaban en el colegio con seis años dado que preescolar no existía. «La prioridad entonces era enseñarles a leer. Lo hacíamos con el libro Palau, que a mí todavía me encanta. Es un método muy bueno. Escolaricé por primera vez a muchos niños», enfatiza.

Su primer destino fue Poio. Luego, en aquellos tiempos en los que a los maestros les podía tocar salir de la comunidad, tuvo que viajar a Cataluña. Dice que no fue fácil: «Allí ya se sentía entonces la presión nacionalista y los profesores de fuera éramos muy forasteros, no nos integraban mucho, la verdad».

Ya de regreso, pasó por los colegios de Moraña, donde estuvo 12 años, Xeve, donde fue maestro a lo largo de casi dos décadas, y finalmente recaló en el Praza de Barcelos, en el que lleva casi siete años. En este último centro, como se demuestra en cuanto volvemos a pisar los pasillos y dos niños paran junto a él para decirle que ya van hacia la clase, Manuel ahora es el «profe Manolo». Así le llaman. A él, lo confiesa, no le gusta demasiado. «Lo de Manolo la verdad no sé muy bien cómo surgió, a mí no es que me encante, pero bueno. Prefiero Manuel», cuenta. Antes, los alumnos le llamaban de otra manera: «Sí claro, antiguamente yo era don Manuel. Antes nos solían llamar de don a todos, no solo a mí». Se le pregunta entonces si eso lo asocia a que antaño le tuviesen más respeto, si se sentía mejor con el don delante. Y dice: «No, eso me da igual, la verdad. Yo creo que los niños de antes y los de ahora no se parecen en nada... Hay cosas que fueron a mejor y otras a peor. Todo cambió».

Al intentar que diga algo que no le guste de los críos de ahora, no habla de los chavales directamente. Se nota que le gusta rodearse de ellos. Pero sí indica: «Yo creo que ahora el problema es social. Ahora te metes en un problema por reñirle a un niño, simplemente por decirle que no puede gritar en clase o cualquier otra tontería similar. Eso es lo que no me gusta».

Pensó en una prórroga

De todas formas, a Manuel le va la rutina del colegio. Quizás por ello ni siquiera se planteó jubilarse anticipadamente, a los sesenta años, aunque hubiese podido hacerlo: «No, no, ni siquiera lo pensé. Yo no creo que la gente se deba marchar antes. A mí desde luego no me apetecía», dice. De hecho, hasta pensó en pedir una prórroga de un año ahora, pero finalmente decidió que no. Dice que a veces es difícil darse cuenta del paso del tiempo. Pero se ve en situaciones que le refrescan la memoria: «Me encuentro a alumnos, que yo no recuerdo pero ellos sí, que tienen 45 años. Me pasó con un chico, un guardia jurado, que me vino a hablar», cuenta con una sonrisa.

Con esa cara sonriente se va hacia el aula. Antes, saluda a un alumno, se abraza a él y cuenta: «Mira, este niño es rumano, es un ejemplo de buen comportamiento», dice. Y, acto seguido, entra en la clase. Cuando lo hace, sus compañeros hablan por él. Cuentan que Manuel es buen hombre y que tiene unas tablas de maestro increíbles. Luego, son malos. Y confiesan que en los últimos días se metieron con él por un malentendido que tuvo a la hora de usar la pizarra digital. Se ríen, pero reconocen: «Es el mejor, muy buena gente».

Acaba de empezar el que será su último curso escolar. Tiene 65 años y espera jubilarse en tres meses. Pudo haberlo hecho ya hace un lustro, pero ni se lo planteó

Da clases en el colegio Praza de Barcelos. Antes, pasó por Poio, Moraña, Xeve e incluso fue maestro en un pequeño pueblo de Barcelona, donde dice que «la presión nacionalista» le hizo sentirse «muy forastero»

yo me veo

«Me veo bien, pensé en pedir una prórroga de un año, pero al final consideré que es mejor jubilarme. Lo hago por la edad, ya que cumplo los 65 años en unos meses. ¡Ya llevo cuarenta dando clases!»

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