La joven que hizo dialogar a Ava consigo misma

Diana Toucedo descubrió su vocación en un curso de cine en Pontevedra que la llevó a montar con Trueba


pontevedra / la voz

Diana Toucedo comenzó a estudiar Ingeniería. De Telecomunicaciones, para ser precisos. Lo intentó durante tres años pero no llegó a aprobar ningún curso entero. Es lo que suele ocurrir cuando no te gusta lo que estudias, reconoce. Para lo que sí le sirvió la carrera fue para darse cuenta de que eran las asignaturas relacionadas con el sonido y la imagen las que más llamaban su atención y su curiosidad. Fue, además, la que le permitió conocer la existencia de un curso sobre cine. Lo organizaba la Universidade de Vigo y lo impartía, entre otros, Suso Novas. Ahora él es uno de los directores del festival Novos Cinemas de Pontevedra, y ella, uno de los miembros de su jurado. Además, claro está, de una de las montadoras con más proyección de futuro y trabajos con firma a pesar de acabar de invadir la treintena.

Entre ellos figuran nombres de la talla de Fernando Trueba o Javier Mariscal. Aún así, en la trayectoria de Toucedo tiene un hueco más grande el de Novas. Fue el pontevedrés el que le hizo descubrir la complejidad del cine. Era responsable principalmente de la parte teórica, en la que enseñó a sus contados alumnos los «principios del cine clásico, que alternaba con corrientes francesas más modernas, como la nouvelle vague, e italianas, a partir de ciertas tendencias desde la puesta en escena, la emoción y la dramaturgia», recuerda. Fue la que la atrapó. Tanto, que completó todos los ciclos que se impartieron y la convencieron para abandonar la carrera. Dos años repartidos en cursos semestrales fueron la causa de que la joven pontevedresa se presentara un día delante de sus padres para anunciarles que había decidido que quería matricularse en la Escola Superior de Cinema i Audiovisuals de Catalunya (ESCAC), de la Universidad de Barcelona. Acababa de descubrir que ese interés que siempre sintió por el cine era solo el iceberg de «todo un mundo que está soterrado» bajo lo que se intuye en las películas.

Fueron esos centenares de horas que pasó sentada escuchando y tomando notas en las aulas de la ciudad del Lérez las que le aclararon que el montaje es «el momento de escritura más importante, donde creas» un filme. Cuando quiere explicar su profesión a quienes no están familiarizados con el mundo del cine, lo hace con un símil que no le suele fallar. «Siempre explico que cuando editas tienes delante miles de piezas con las que tienes que hacer un puzle. Pero depende de cómo las coloques saldrá un puzle u otro. Hay muchos posibles». Unir planos y secuencias le permite contar una historia a su manera.

El Festival de Cine de San Sebastián mencionó expresamente su trabajo, a pesar de no ser una de las labores más visibles y expuestas de la industria del cine, en la que fue prácticamente su ópera prima. Había rodado dos largos más con sus compañeros de la ESCAC, pero el documental La noche que no acaba fue su primer encargo real, independiente de su faceta como alumna. El jurado fue muy claro sobre la historia de una de las actrices norteamericanas más enamoradas de España: «Consigue, a través de una exquisita labor de montaje, que Gardner dialogue consigo misma».

Las miles de piezas disponibles sobre la Ava conocida como «el animal más bello del mundo» se colaron en su ordenador de casa. Y con ellas, el director del documental, junto al que pasó horas y horas de los siguientes seis meses convirtiendo en propia la vida de la diva de la gran pantalla. «La noche que no acaba, el título era perfecto», confiesa entre risas.

El estudio de su casa de la ciudad condal es solo uno de los escenarios poco previsibles en los que ha editado películas que han acabado en las salas de cine y festivales de todo el mundo. Hace tan solo unas semanas sacó su herramienta de trabajo en el barco que une Mallorca y Formentera. Había ido a visitar a su pareja, con la que comparte Mediterráneo aunque desde diferentes orillas, pero la cantidad de proyectos que tiene entre manos no le permite relajarse en casi ninguna situación. Entre finales del año pasado y el 2016 ha trabajado en cuatro proyectos que verán la luz en apenas unos meses de margen.

Además de muchas noches de desvelo, el documental sobre Gardner le dio otras alegrías. Cuando recibió la llamada para trabajar con Fernando Trueba y Javier Mariscal, apenas daba crédito. Tampoco cuando se dio cuenta de que Chico y Rita (2010) le enseñó a concebir una película de animación como una pieza musical en sí misma. También la importancia de los guiones y de la dirección de actores, y «su precisión y meticulosidad».

Asegura que no se cansa de ver planos millones de veces, porque su trabajo consiste precisamente en darles vida, y sabe que está terminado cuando la película late por sí misma. Aunque sea ella la que marque las pulsaciones.

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