La tendera que hace las cuentas de la vieja

Bea Costa
bea costa VILANOVA / LA VOZ

AROUSA

Lourdes con su madre Lola en una de esas tiendas que todavía conservan la estética y los olores de los antiguos ultramarinos.
Lourdes con su madre Lola en una de esas tiendas que todavía conservan la estética y los olores de los antiguos ultramarinos. Mónica irago< / span>

Lourdes se jubila tras casi medio siglo detrás del mostrador, poniendo fin a la saga de los Parriolos

02 mar 2016 . Actualizado a las 05:00 h.

En la tienda de Lourdes todavía se puede respirar el olor a especias. Allí, como se hacía en los ultramarinos de antes, se vende género a granel y cuando alguna clienta va a preparar callos o carne asada, hay que abrir el tarro de tapa negra y atinar bien con la mezcla de especias y pimentón. Lourdes lleva haciéndolo 48 años, tantos como detrás del mostrador. Con 17 se puso al frente del negocio siguiendo la tradición de su abuelo, Juan Pomares O Parriolo, que al otro lado de la calle, frente a la de Leiro, tenía taberna con estanco. «Eu nacín alí», recuerda.

Entonces había trabajo para todos. Estaba el Parriolo, la taberna de Canteiro, las tiendas de señor Evaristo, señor Andrés y la de señora Adelina... Los históricos fueron cerrando y testigo de aquella época solo quedan la de Lourdes y la tienda de Lolita, más reciente, situada al lado de la iglesia. La del Portugués echó el cierre hace años y ahora el que se lleva la palma es el Froiz.

Las clientas de antes

De aquellas buenas clientas que le hacían la compra entera ya casi no quedan: María del Carmen, Aurita, Rosa, María Teresa, señora Peregrina, la profesora - «chamábaa así porque foi a miña profesora, explica»-, A Rodiña, Josefina, A Nena... Quedan otras y las hijas de aquellas que ya no están, que siguen fieles a la tienda de barrio aunque tengan que pagar el yogur unos céntimos más caro. Pero las ventas van a menos inexorablemente.

Con todo, el goteo de clientes durante la mañana es constante, eso sí, para pequeñas compras «o para los olvidos». Casi todos van a por el pan, y, de paso, cogen una docena de huevos «de casa», un tomate, una servilletas o unos congelados. Señor Joaquín venía a por un bollito de pan pero como ya se acabaran, Lourdes le regala una magdalena para que no se quede con el estómago vacío. «Pero apure que xa non pilla o coche». «Si, que o collo na rotonda», le responde el anciano en alusión al autobús de la una.

Después de tantos años, Lourdes conoce las idas y venidas de muchos de sus clientes, o mejor dicho, clientas, porque ellas siguen siendo una inmensa mayoría. Y sus vidas. «Xa me teñen dito que tiña que estudar psicoloxía». Lourdes es tendera, amiga y muchas veces confidente. «Se eu contara todo o que sei romperíase algunha familia, pero non o fixen No solo escucha y vende embutidos y verduras. A falta de personal, es ella la que se encarga de informar a los turistas de cómo deben hacer para poder visitar la casa-museo de los hemanos Camba, situada justo enfrente de su tienda, y si hay que organizar algún evento en la parroquia, saca el tiempo de donde sea.

Las necesidades cambian y competir en variedad y precios con los súper es tarea imposible. Las parrafadas detrás del mostrador han dado paso a cajeras autómatas y clientes frenéticos. Pero Lourdes se resiste. Tanto es así, que sigue usando bolígrafo y papel para hacer las cuentas. Tiene caja registradora «pero acabei volvendo aos números porque equivocábame máis dándolle ás teclas que facendo eu a conta man». Y las hace con la agilidad que le dan décadas de práctica.

Un mosaico de productos

La estampa que ofrece la de Lourdes está en peligro de extinción. No solo por las cuentas de la vieja, que también. Allí aún sirven en el mostrador el bote de Solís, las velas y el arroz. Y si no llevas dinero en ese momento, te fían. Lourdes aún fía, «só dun día para outro», matiza, porque la libreta de los pufos hace tiempo que se jubiló, y muchos ni se cobraron ni se cobrarán. Pero de eso no quiere hablar. Forma parte de la intimidad de un negocio que ha dado de comer a su familia y que le ha permitido relacionarse con mucha gente. Lo último se mantiene, lo primero, no. «

Aquí xa só se gaña para impostos. Eu aguanto para seguir cotizando para a xubilación

», comenta. Y como su hija no va a seguir con el negocio familiar, la saga de los Parriolos morirá con Lourdes. «

¿A xente pregúntame, ?¿e que imos facer cando peches??»

. Y es que más de uno la va a echar de menos. No solo porque siempre está dispuesta para despachar el cartón de leche que se quedó atrás, incluso los domingos, sino porque con ella se irá un trozo de la historia de Vilamaior. «Pero xa me apetece deixalo», dice. En 48 años solo cogió vacaciones dos veces. Tiene bien ganado el descanso.

En 48 años, Lourdes solo cogió vacaciones dos veces, una para ir de luna de miel