El herrador que quiere caballos descalzos

Cristina Barral Diéguez
cristina barral PONTEVEDRA / LA VOZ

AROUSA

Javier Estévez, el miércoles, muestra su afición con la yegua «Keka» en Hípica Amazonas, en A Insua (Ponte Caldelas).
Javier Estévez, el miércoles, muestra su afición con la yegua «Keka» en Hípica Amazonas, en A Insua (Ponte Caldelas). ramón leiro

El empresario Javier Estévez apuesta por el «barefoot» como técnica para mejorar el bienestar animal

26 feb 2016 . Actualizado a las 09:27 h.

Su vocación era ser veterinario, pero acabó estudiando Económicas en Santiago. Por aquel entonces, a Javier Estévez Güimil ir a León a hacer la carrera le parecía demasiado lejos. «Y ya ves, al acabar Económicas me fui a Madrid, que está más lejos que León, a hacer un máster en Dirección de empresas», relata mientras comparte con La Voz un refresco en un local de Pontevedra. Ese amor por los animales que sintió desde bien pequeño lo mantiene hoy en día, aunque profesionalmente este herrador de caballos, natural de Barro, gestiona una empresa de transporte de mercancías en el polígono de O Campiño.

¿Y cómo un empresario se hace herrador? «Por Pepa», dice. «Todo empezó ahí». Pepa es una yegua que compró con 5 años y que cuidó durante 16, hasta que murió el pasado 23 de noviembre. «A las 18 horas», matiza Javier. «La tuvimos que sacrificar porque tenía artrosis y muchísimo dolor. Lo intentamos todo, hasta un tratamiento con cartílago de tiburón, pero no fue posible». El sufrimiento que padeció Pepa hizo que Javier acabara haciendo varios cursos. «O le hacían daño en los cascos o no le hacían lo que yo quería con los tratamientos normales. Muchos herreros aprendieron viendo hacer a otros, pero el grado técnico era más bien poco», explica.

Así que tras buscar en Internet, Javier se decidió a hacer un curso de propietario, de cinco meses. Iba los fines de semana a Madrid. Fue en la Escuela de Herradores y Podólogos Equinos Sierra Norte de Soto del Real. «Me encantó y lo disfruté mucho. El director me dijo que por qué no hacía otros cursos». Dicho y hecho. Completó uno de técnico especialista herrador y otro de especialista en herraje terapéutico. Y desde hace tres años tiene el título por la Federación Hípica Española.

Javier es partidario del barefoot o técnica del caballo descalzo. Aunque suene contradictorio, él es un herrador que defiende no herrar a los caballos. «El casco es algo que afecta a la vida del caballo. Yo soy partidario de no poner herraduras y de que vayan descalzos porque el bienestar es mucho mayor», apunta. Y añade: «El caballo nace descalzo y se le ponen herraduras. Cada dos meses y medio, máximo, hay que cambiarlas. Además de un foco de infecciones, el casco va creciendo y el animal está incómodo», subraya.

Javier sostiene que tras un proceso de adaptación el caballo va a estar mejor sin herraduras, que son «un depósito de porquería». Él todavía está «guardando luto» por Pepa, pero seguro que en un tiempo no muy lejano tendrá otro animal. «Era una yegua que con solo mirarla sabía lo que le pasaba. Hay compañeras en la vida que duran menos... Era mi abuela coja», recuerda. Tiene claro que ese caballo futuro será alguno que le toque el corazón. «Tiene que haber una empatía y seguramente es el más feo del mundo, o desde luego no el más bonito. No quiero un caballo de carreras», sentencia.

Darle espacio

Para este terapeuta de caballos, a los equinos y al resto de animales hay que tratarlos como seres vivos que son. «El bienestar animal es muy importante porque ellos no tienen rencor o envidia, pero también sienten frustración, miedo o alegría como los humanos». Javier, que dice que cuando se jubile se seguirá dedicando a su afición, cree que en España la legislación sobre maltrato animal es todavía demasiado blanda. «Algo se ha avanzado. Antes se solventaba con una multa, ahora ya se considera delito, pero seis meses de cárcel por matar a palos a un caballo, como pasó, me parece poco», entiende.

Hace hincapié en que un caballo necesita su espacio y poder correr para ejercitar las articulaciones, además de una buena alimentación. «No puede estar siempre encerrado, ni tampoco siempre a la intemperie. Un caballo que está días en una cuadra sin moverse es como una persona que está en un ataúd», argumenta. Insiste en que su afición no es nada extraordinaria: «Me gusta esto, como a otros ir al fútbol».