Cada vez que iba al supermercado, María del Carmen Iglesias veía a los gatos que habitan en el jardín del SPAD muertos de hambre. Así que un día empezó a darles de comer. Han pasado años -«muchos años», dice ella- desde entonces. Ahora, esta mujer ha ampliado su radio de acción y, periódicamente, hace un recorrido por aquellos rincones en los que sabe que hay gatos callejeros. A su paso les deja pienso, o latas de comida especial, o jamón york, o pescado «que caliento en el microondas». Comparte esta tarea autoimpuesta con dos amigas con las que se organiza para atender a los animales que han tomado bajo su tutela y a los que han bautizado con nombres como Míster Churchill. María del Carmen sabe que hay gente que no ve con buenos ojos su campaña. «Hay que oír tantas cosas», dice quitándole importancia a esas críticas. «Yo no soy rica, para mí es un esfuerzo grande traerles comida a estos animales. Pero no voy a dejar que se mueran de hambre, ¿no? Si alguien se encargase de cuidarlos un poco, yo ya no tendría que hacerlo, que con la pensión que tengo, me supone un sacrificio muy grande», señala mientras pone un poco de pienso en uno de los comederos que nutre de forma habitual. Esta ubicado, como suelen estarlo todos, en una finca abandonada y ruinosa. Hasta la bandeja de plástico se acercan dos animales de la media docena que, según María del Carmen, habitan en este recinto decrépito de Juan Carlos I. «Yo sé que hay vecinos que se quejan, que dicen que los gatos les ensucian las sábanas que tienen colgadas... ¿A quién se le ocurre?», dice meneando la cabeza. Los gatos se cansan pronto de comer. Se sientan y se quedan mirando a la calle.

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«No voy a dejar que se mueran de hambre»