El berrinche por tener que salir de cama antes de lo habitual le duró a Jesús Botana hasta el desayuno, pues una vez en el centro todo fue como la seda
11 sep 2015 . Actualizado a las 05:00 h.«Yo no quiero ir al cole». Así recibió el pequeño Jesús Botana a su madre cuando quiso sacarlo de cama antes de lo habitual. Molesto por el madrugón, pues lleva semanas levantándose a la hora que quiere, el pequeño se rebeló inicialmente contra algo con lo que, supuestamente, llevaba todo el verano soñando. Y es que ir al cole de mayores, a ese al que hasta hace poco solo iba a buscar a su hermana Anxela, era uno de sus deseos. Lleva todo el verano repitiéndolo. Así que su cambio de actitud cogió por sorpresa a todos los presentes. Poco le duró. Armado con su mochila nueva se marchó en la fila con sus compañeros sin mirar ni una sola vez atrás. Los pequeños del San Tomé apenas lloraron. A sus padres, en cambio, la emoción se les veía claramente en la cara.
Ser despertado antes de tiempo fue lo que menos gustó a Jesús en su primer día de colegio. Dormía plácidamente cuando a las nueve de la mañana tuvo que levantarse. Y todo por culpa de ese cole de mayores. «Que yo no quiero ir al cole», repitió de nuevo durante el desayuno por si no había quedado claro. Lo hizo tres o cuatro veces. «Y yo tampoco», coreó su hermana Anxela, de cinco años, por ver si había suerte. No la tuvieron. Con risas y bromas la cosa se fue relajando y el enfado del pequeño Jesús desapareció con la misma rapidez con la que había llegado.
Pero fue sin duda su mochila nueva, que luce un aguerrido pirata, la que sirvió para que la cara le cambiara por completo. «¿Puedo llevar una espada?», preguntó. «No Jesús, al cole no se llevan juguetes», se le respondió. «Ah», se conformó mientras salía por la puerta. No volvió a decir nada más. Mochila a la espalda los dos pequeños enfilaron camino con una naturalidad asombrosa, como si esa hubiera sido su rutina en las últimas semanas.
Los alumnos de tres años del San Tomé entraban ayer diez minutos más tarde que el resto de sus compañeros. Y lo hacían en grupos reducidos de seis, por eso del período de adaptación que tan pocas simpatías despierta entre los padres. Así que Jesús exploró y jugó por el patio mientras esperaba tranquilamente a que le tocara su turno. Cuando los mayores desaparecieron en el interior del centro, en la puerta quedaron una docena de padres con sus pequeños. Solo un par de ellos se agarraban muy fuerte a sus progenitores, como si intuyeran que en breve los tenían que dejar marchar.
Llegado el momento, los infantes demostraron una gran madurez. Dieron un beso a papá y a mamá, porque el primer día de cole ya no es solo cosa de chicas, y se pusieron en la fila. Solo dos lloraban amargamente por ser arrancados de los brazos de papá. El resto, ni siquiera miró atrás. Y eso que los padres no abandonaron la puerta hasta que los vieron desaparecer. Pegados al cristal, con alguna que otra lagrimita, asistían al temido primer día de colegio, que no fue tal.
Solo media hora duró esta primera jornada. Pasado el tiempo, los pequeños reaparecieron en la puerta con la misma sonrisa con la que habían entrado. O incluso con una más grande. Porque en sus manos traían cada uno un globo de color rojo. «¿Qué tal Jesús? ¿Te gusta el cole?», se le preguntó. «Sí, en mi clase había un cacho dinosaurio que volaba», relató encantado. Habrá que ver si esta mañana muestra la misma ilusión. Este vez tendrá que estar una hora en el aula. Y aún pasarán diez días antes de que sepa, de verdad, lo que es una mañana entera. Ya saben, adaptación.
Los infantes demostraron una gran madurez y solo dos lloraron amargamente
Los pequeños reaparecieron
con la misma
sonrisa con la
que entraron