Tomás Fole se despide de la alcaldía con idénticas formas y talante con que la ocupó: prepotencia, soberbia, escasa humildad y nula empatía. Confundió, a menudo, gobierno con «ordeno y mando»; debate con «bronca», negociación con «imposición», y así le fue. No contento con ello, se lamenta de no dejar todo «atado y bien atado» (¿a qué me suena?) en cuanto al presupuesto se refiere, que califica de «nuestro» como si no fuera del Ayuntamiento y sus ciudadanos, que lo nutren con sus tributos, sin importar quién lo aprobara. Son, además, las cuentas de todo el 2015, no de los primeros seis meses, y por prudencia y estando en funciones, debería abstenerse de ejecutar gasto que corresponde a un año de vida municipal.
Su comportamiento, de mal perdedor, y sus afirmaciones sobre falta de transparencia de quien, por decisión de los ciudadanos, será el próximo alcalde y está legitimado para negociar la constitución de un gobierno estable, carecen de credibilidad, porque vienen de quien empleó con frecuencia el oscurantismo en su gestión, y sirvan de muestra todas las mentiras y contradicciones que contaminan el asunto de la reordenación de la parcela de Megasa. En cuanto al traslado, a prisa y corriendo, del obelisco, resulta ridículo, populista y demagógico justificarlo en una «reivindicación histórica de la ciudadanía» que solo existe en su imaginación, iniciativa, por otra parte, que no parece que le haya proporcionado ningún rédito electoral.
Me dicen, quienes conocen a Fole, que tiene obsesión por pasar a la historia. No debiera perder el poco crédito que le queda en el empeño, porque ya lo ha logrado: será el primer alcalde de nuestra democracia reciente que, deseando ser reelegido para un segundo mandato, no lo consigue por expresa decisión de los ciudadanos. Ese, y solo ese, es el lugar que le reserva la historia.