El Museo de Pontevedra no es la Torre de Londres, pero se le asemeja. Entre las paredes de sus seis edificios se preservan los resultados de algo más de un siglo de excavaciones arqueológicas en la provincia. Las recién inauguradas salas de Arqueología son la punta del iceberg, una selección exclusiva, de primera calidad, de los cientos, miles de artefactos y piezas de todo tipo que han salido a la luz en los yacimientos históricos pontevedreses y que están depositadas en la mayor referencia cultural de la provincia. En el edificio Sarmiento no se verá la corona de los monarcas ingleses, pero el visitante sí que podrá contemplar lo que sería su igual en la época castrexa. Me refiero a los torques de oro exquisitamente trabajados por antiguos orfebres, que los líderes de los gallegos de los castros pudieron lucir como señal de distinción.
El brillo del oro del tesoro de Caldas no eclipsa las demás piezas que se exhiben en una colección que podríamos definir como la joya de la corona arqueológica de Pontevedra. Solo aumenta su fascinación. En el recorrido didáctico, se puede seguir el desarrollo y transformación de la sociedad de cazadores y recolectores en una cultura cada vez más sofisticada. Ante los ojos del visitante se pasa de las hachas de piedra del Paleolítico a la cultura que dio lugar a los petroglifos, y a los orígenes del primer urbanismo gallego, de la mano de los castros, y la llegada de Roma. Milenios de historia de Galicia que se resumen en tres salas.
La selección de las piezas ha sido todo un reto. No es nada fácil decidir qué exponer y qué dejar empaquetado. Al final se optó por la calidad frente a la cantidad, a la difusión cultural frente a la acumulación de objetos. Las nueva salas del Museo son sencillas y a la vez modernas. Las piezas no se amontonan sin ton ni son, sino que un hilo conductor, acompañado por textos y gráficos, orienta al visitante. Al rematar, si se ha prestado atención, se habrá aprendido cómo era la vida cotidiana de aquellos primeros pontevedreses.