vilagarcía / la voz

Fuente Obejuna se hizo historia con Lope de Vega y O Grove pasó a los anales dramaturgos con la obra de Francisco Franco Calvete. Tanto el laureado y a la vez hiperactivo escritor del Siglo de Oro español como el más discreto autor de O señor feudal ou quen matou ao Meco hicieron literatura de dos sucesos semejantes que, al menos en el primer caso, se basaba en hechos reales; en el segundo, según algunos estudiosos mecos, también.

A finales del siglo XV, que es cuando se documenta la muerte del comendador mayor de Calatrava a manos de los vecinos de Fuente Obejuna -puede escribirse así o como lo hizo Lope de Vega en su inmortal obra- la sociedad medieval agonizaba, de ahí que tampoco sea tan difícil de explicar históricamente que un grupo de vecinos decidiese tomarse la justicia por su cuenta y rebelarse contra siglos de dominación feudal. Como en la localidad cordobesa, parece ser que también en O Grove, según recogió en sus escritos el padre Sarmiento, los lugareños de San Vicente secuestraron y apalearon al recadero del señor feudal que iba a cobrarles unas rentas que los ahogaban económicamente. Debería haber copias del proceso judicial en el Arquivo de Galicia, pero tales documentos no aparecen. Puede ser que hayan sido expurgados.

«¿Quién mató al comendador? Fuenteovejuna, señor». «¿Quen matou ao Meco? Matámolo todos». Ese pequeño diálogo, la rebelión de un pueblo contra su señor y la imposibilidad de dar con un culpable crean lazos históricos y literarios entre los acontecimientos ocurridos en Córdoba en el año 1476 y los que pudieron haber ocurrido en la península gallega en 1717.

La leyenda

Los grovenses se rebelaron contra uno de los más miserables privilegios que tenían los señores feudales; el derecho de pernada. Cuando uno de sus vasallos se casaba, si al amo le resultaba apetecible la mujer, podía pasar con ella la noche de bodas, antes que su legítimo marido. De ahí que solo las doncellas que no resultaban del agrado del poderoso se libraban de tan vil deshonra.

No está claro si Juan de la Meca era un señor feudal o un hombre de Iglesia, o puede que las dos cosas, que por aquel entonces todo se confundía. El caso es que a la villa llegó una pareja recién casada. El señor le echó el ojo a la mujer, la secuestró y se la llevó al monte Siradella para abusar de ella. Pero los vecinos avisaron al marido, y este no dudó en subir y colgar al violador de una higuera. Cuando la Justicia quiso tomar cartas en el asunto, los vecinos pronunciaron esa frase que ya es historia: «Matámolo todos».

El argumento que sirve de base a la obra teatral de Franco Calvete tiene distintas versiones. Hay quien cree, siguiendo también al padre Sarmiento, que el Meco era un estudiante procedente de la localidad madrileña del mismo nombre, o quien lo asocia con los moros por lo de la Meca. Poco importa. Lo que sí es de interés para los habitantes de la península -es posible que por aquellas fechas fuese una isla- es la carga semántica del vocablo y cómo se fue transformando con el tiempo. Hay documentos medievales en los que el término meco es sinónimo de adúltero, fornicador, buhonero y hasta triguero. Hoy, meco es un gentilicio que los vecinos del lugar lucen con orgullo. De héroe a villano, pero al revés.

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El cadalso justiciero del monte Siradella