Virtudes Pérez comenzó a vender collares con ocho años. Hoy son su hija y su nieto los que ejercen de collareiros, un oficio que recibe el Meca
09 mar 2014 . Actualizado a las 06:53 h.Hay oficios que solo se transmiten de madres a hijas. Y el de las collareiras de O Grove es uno de ellos. Aunque en el caso de María Luisa Triñanes y Manuel Joaquín Otero ha sido de madre a hijo. Este joven de 18 años es la tercera generación de collareiras que hay en su familia. Los tres estarán hoy presentes en el homenaje que el Concello de O Grove ha querido rendir a este sector con motivo del Día da Muller. El Consello Local de Igualdade le entregará el premio Meca en un acto que se celebrará a las siete y media de esta tarde en la casa de cultura Manuel Lueiro Rey, para reconocer la valía de una labor que sigue dando de comer a muchas familias.
«Miña nai empezou a vender collares con oito anos e fará 82 o próximo mes de maio», explica María Luisa Triñanes. Virtudes Pérez hace ya diez años que dejó de salir a vender estas alhajas por la isla de A Toxa. Pero ha sabido transmitir la pasión por este oficio a su hija. «De pequena xa facía collares», recuerda ahora María Luisa. Todavía hoy sigue yendo a las playas para recoger las conchas que, posteriormente, selecciona para elaborar los collares. De venderlos se encargan ella y su hijo, que el verano pasado decidió utilizar el carné que su abuela había dejado en desuso.
De la emigración
Triñanes estuvo emigrada en Suiza e incluso trabajó en una fábrica de O Grove. Pero a ella lo que de verdad le gusta es ser collareira. «Esto é o que me gusta, lévase nas venas», explica. Reconoce que hace falta paciencia, «para ir clasificando as cunchas e ir coséndoas unha a unha». Peor no se queja, «hai a quen lle gusta o ordenador e pasa horas con el. A min gústame o das cunchas», argumenta. Su temporada alta de trabajo es durante el verano. En invierno, «aproveitas para vir media horiña. Hoxe estase de marabilla, con este sol», sostiene. La crisis también les está pasando factura, «pero hai que levalo con calma». Y recuerda cuando eran más de 150 las que se dedicaban a la venta.
Siempre ha trabajado con su madre. Hasta que hace diez años esta se jubiló. Ahora lo hace con su hijo. Manuel Joaquín Otero ha encontrado en los collares el trabajo que le falta en otros lugares. Aunque todavía está estudiando, aprovecha el verano para sacarse un dinero extra. «Como non hai traballo decidiu probar e quedou contento. Ven máis no verán, no inverno ten que estudar», asegura. Es uno de los pocos hombres que se dedica a este oficio. «Hai outro rapaz máis que é un pouco maior», explica María Luisa, mientras relata orgullosa que la suya es una familia «con tres xeracións de collareiras». Y es que este oficio solo puede transmitirse ya de generación en generación.