Varios jóvenes de la localidad logran despuntar y dirigen las cocinas de hoteles de prestigio
05 ene 2014 . Actualizado a las 06:55 h.Con el permiso de Yayo Daporta y de Antonio Botana, Cambados sigue produciendo talentos en la cocina. No llegan a los treinta años y constituyen una nueva hornada de chefs que han conseguido, en pocos años, hacerse un hueco en el mundillo. El que ha llegado más lejos es Alberto Castiñeiras Cacabelos, que ejerce de jefe de cocina en el restaurante del hotel Mandarín Oriental, un cinco estrellas situado en pleno centro de Barcelona. Dice, modestamente, que todo es cuestión de «suerte», pero seguro que Carme Ruscalleda, su jefa y mentora, no opina lo mismo. Alberto empezó su carrera por todo lo alto, haciendo prácticas en el Sant Pau, un tres Estrellas Michelín, y la propietaria ya no lo dejó escapar. Después, llegó un contrato y hoy, a sus 27 años, es el responsable de cocina del prestigioso Moments.
Lo suyo no viene de tradición familiar ni fue vocación temprana. Eso sí «mi madre cocina muy bien», explica. Pero no fue hasta que salió de casa para ir a estudiar a A Coruña, y tuvo que prepararse sus lentejas, cuando empezó a picarle el gusanillo.
Recetas propias
Empezó estudiando Relaciones Públicas pero enseguida tuvo claro que su futuro pasaba por la cocina. Así que logró convencer a sus padres para que le pagaran los estudios en el Centro Superior de Hostelería de Santiago y, en tres años, estaba ya codeándose con lo mejorcito de la alta cocina. En su trabajo se define como «perfeccionista y meticuloso» y ya ha empezado a confeccionar su particular recetario, con creaciones propias.
Los otros cocineros que protagonizan este reportaje no pican tan alto pero también están haciendo sus pinitos. Nicolás Serantes Oubiña, con solo 22 años, es jefe de cocina en el hotel O Rial de Vilagarcía, y su compañera de estudios, Laura Estonllo Sabarís, hace lo propio en un hotel de la Bretaña francesa, adonde emigró para buscar un futuro ante la falta de perspectivas que veía en Galicia.
Desde luego ese problema no lo tiene Alberto, que constata que en el nivel en el que él se mueve, la crisis no se acusa tanto. Una señal más de que los ricos siguen siendo ricos y los pobres más pobres, reflexiona.
Viajar para aprender
Alberto, como Nicolás y Laura, sueña con tener algún día su propio restaurante, a poder ser en la tierra que les vio nacer, donde poder cocinar libremente lo que le gusta. Pero son todavía muy jóvenes, así que este deseo lo ven difícil y lejano.
Entre tanto, siguen trabajando por cuenta ajena y aspiran a «rodar y rodar» por el mundo para aprender y ganar experiencia, como dice Laura. Ella y Nicolás entraron en la Escola de Hostelería de Santiago cuando la cocina estaba ya de moda gracias al tirón mediático de algunos chefs y a los concursos de la tele. Pero en los tres casos que nos ocupan, el tiempo demostró que su vocación era firme y no dependía de cuestiones coyunturales.
«Yo no soy muy amigo de estos programas, pero creo que no nos perjudican», comenta Alberto. «La gente ve la tele y cree que en esto se gana muchísimo dinero, pero no es así», abunda Nicolás. Y sobre fenómenos como el de Masterchef, Laura no opina. «Yo es que no tengo ni televisión».