Hoy por hoy, son Elena Suárez y Rocío Llovo quienes cargan con su peso público
10 nov 2013 . Actualizado a las 06:58 h.Si hay un mal que aqueje con la virulencia de una fiebre tropical a la denominada clase política en cuanto alcanza cargos de responsabilidad, este es sin duda la sordera. Bajo la excusa del posibilismo, las promesas y los férreos principios que constituían el andamiaje ideológico del candidato en campaña acostumbran a venirse abajo como fichas de dominó puestas en fila en cuanto deben pasar de las palabras a los hechos. La frágil memoria y la repentina incapacidad para escuchar lo que la gente de a pie tiene que decir son añadidos harto frecuentes de este síndrome de doble filo, que en no pocas ocasiones acaba llevándose por delante gobiernos y alianzas de todo tipo.
Aquí, en las distancias cortas, existen numerosos ejemplos. Al socialista Javier Gago le sentó mal la mayoría absoluta que cosechó en 1999 y acabó alejándole de su electorado. Qué decir del bipartito que tomó su relevo al frente de Ravella. Por fin, tampoco el cambio que supuso el retorno del PP al bastón de mando parece haber alejado el fantasma del aislamiento del gobernante. Una de las quejas más frecuentes que siguen partiendo de los colectivos sociales y vecinales de Vilagarcía apunta, precisamente, a la dificultad para acceder a a la alcaldía. El bipartito conservador ha ganado, sin embargo, un tal vez inesperado punto a favor en este sentido en la figura de su actual portavoz, Rocío Llovo.
La marcha de Marta Rodríguez Arias al Parlamento de Galicia y la destemplada dimisión del edil de Deportes, Luis Garrigós, han hecho bascular radicalmente el protagonismo dentro del grupo de gobierno, para descansar ahora en la concejala de Educación y Cultura, así como en la responsable de Benestar Social, Elena Suárez, que coordina también la política deportiva municipal.
Con Llovo se podrá estar más o menos de acuerdo. Sus políticas serán más o menos discutibles. Pero lo que nadie podrá reprocharle es que cierre la puerta de su despacho. La portavoz parece haberse tomado muy en serio la responsabilidad que aceptó al jurar su acta: representar a sus vecinos 24 horas, los siete días de la semana durante los cuatro años de vigencia de su compromiso. El asunto político tiene bastantes compensaciones. Pero convertirse en miembro de un gobierno debería exigir de quien lo hace, en primer lugar, una dedicación constante a la labor pública. Algo que muchos tienden a olvidar.