Los charcos de don Tomás

Serxio González Souto
serxio gonzález VILAGARCÍA / LA VOZ

AROUSA

MARTINA MISER

Los errores no forzados y el enroque sin horizonte se suceden en un mandato de incierto porvenir en la capital arousana

02 jun 2013 . Actualizado a las 06:56 h.

«El que es elegido príncipe con el favor popular debe conservar al pueblo como amigo». El aserto se debe a Nicolás Maquiavelo, célebre autor de El Príncipe, un tratado que en política supuso la superación del medievo y en lo personal granjeó a su creador fama imperecedera y un tanto equívoca, inaugurando un calificativo, maquiavélico, que acostumbra a ilustrar la sagacidad exenta de escrúpulos de quien sabe manejar los hilos del poder y conservar la poltrona. Con aviesas connotaciones o sin ellas, la cita rebosa de sentido común, aplicable a cualquier época y condición. Recomendable, especialmente, en el momento actual, en el que los chuzos caen de punta y los dineros brillan por su ausencia.

Esta obsesión por los cuartos explica una parte de la extraña habilidad que el gobierno local de Vilagarcía ha demostrado en sus dos años de vigencia a la hora de excavar charcos en los que a continuación empantanarse. Pero no alcanza a interpretarla en su totalidad. Hay cuestiones que se escapan a la mera preocupación monetaria. Ahí está, por ejemplo, un asunto que con el paso del tiempo ha ido quedando solapado por controversias de mayor solera mediática pero, en el fondo, mucha menor profundidad. Se trata del fracaso cosechado por el empeño de privatizar la cuarta parte de Fexdega con pistas de pádel. Aquella idea, que se cobró el cargo de quien, en palabras del alcalde, Tomás Fole, quedará para la posteridad como «el mejor concejal que Vilagarcía ha tenido», ha acabado por empañar un proyecto brillante y atinado, la dedicación del recinto al deporte base, e infligir al bipartito conservador la derrota más dura de este mandato. Un tropiezo que, por si fuese poco, se ha llevado por delante, a fuerza de verse instrumentalizados, la legitimidad de la Fundación de Deportes y su consello reitor como órganos de representación y debate. Un fiasco en toda regla. Lo peor del asunto es, ahora comienza a saberse, que el canon propuesto a cambio de la concesión, 2.000 euros, no sería suficiente ni para cubrir el consumo eléctrico de las instalaciones de A Maroma.

Claro que las cuitas del bipartito conservador no se agotan en Fexdega. Tras un primer tramo de gestión relativamente plácido, y coincidiendo paradójicamente con el acuerdo con Ivil, el mismo que garantiza al PP una inestimable mayoría absoluta, el gobierno local comenzó a engatillar errores de esos que, en jerigonza tenística, vienen a denominarse no forzados.

La ocurrencia de proscribir las reuniones de gentes sobre las aceras siempre que obligasen al resto de los viandantes a pisar la calzada granjeó a Vilagarcía penosa fama y fortuna por las anchas tierras de Castilla y el resto de las Españas. Se culpó a la oposición y en último término al socio independiente, Cholo Dorgambide, por su facundia impermeable a la prudencia. Olvidando, así, que fue la propia alcaldía la que desmintió al edil de Tráfico al asegurar que nunca había pensado en privatizar la zona azul para, apenas dos meses después, reflejar en los presupuestos los cálculos de una empresa que prometía 500.000 euros anuales por tan graciosa concesión. En ambos casos, la impericia condujo a Ravella a envainar el sable ante la indignación de vecinos, comerciantes y hosteleros, y acabar arguyendo todo tipo de explicaciones para corregir el rumbo sin que la frenada resultase demasiado estrepitosa. Algo que está a punto de repetirse con una tarjeta de residentes, el propio regidor así lo reconoce, preñada de errores garrafales. No han faltado, para trufar el camino, los puntos suspensivos que Dorgambide dedicó al uso del gallego y la gaiteirada, absolutamente previsible, que sofocó el pleno del lunes ante un movimiento, el de los colectivos culturales y vecinales, que hubiese sido sencillo controlar. Recurriendo de nuevo a la inspiración de los clásicos, ahí está el Rivera Mallo de su etapa portuaria, aplacando a los levantiscos habitantes de Vilaxoán a base de entregarles arena en la que sembrar almejas y berberechos. Así despejó el hoy senador el camino hacia el muelle de Ferrazo. «Dejad pensar al pueblo que gobierna y se dejará gobernar», dijo William Penn, precursor democrático en EE. UU. Igual llevaba razón, el hombre.