«Ti xa non vas morrer máis»

Rosa Estévez
rosa estévez VILAGARCÍA / LA VOZ

AROUSA

MONICA IRAGO

Pasan de los noventa años. Necesitan bastón, pero su memoria y su ánimo están intactos

12 may 2013 . Actualizado a las 06:56 h.

José anda despacio, apoyado en su bastón y con la luz de los ojos iluminando el camino. «Nunca me sentín tan ben como agora, con 95 anos. Ata teño ganas de botar un baile. E de comer cocido... ¡Mira que teño ganas dun bo cocido!». Mientras hace esas confesiones carnales, José ya ha cruzado el pasillo de su casa del lugar de Barcia (Valga), hasta llegar a un patio cubierto que, sin pretenderlo, ha convertido en un museo etnográfico. Hay arados, cestos en los que se llevaban a vender los pollos a Padrón, la cama de forja en la que durmió de joven, una vieja radio por la que «escoitabamos os partes»...

José, que vive solo, se alegra de tener visita. Así que cuando abre la puerta del patio para recibir a María Tarrío lo hace con una sonrisa en el rostro y tendiendo sus manos, sarmentosas, para coger las de ella. «Maruja, hai tempo que non te vía». «¿E logo na sementeira?», responde ella. La sementeira es una de las actividades que se organizan en Valga para que los extremos se toquen; para que los más viejos, los que se criaron «con caldo e codias de pan» le expliquen a los rapaces de la era de la bollería industrial y el microondas como era la vida antes. En la última, celebrada hace unos días, José trabajó a reo haciendo los surcos para el trigo. «E eu fun cantar e máis tocar a pandereta. O caso que non me coñeciches porque ía vestida de vella», razona Maruja. Y ella, que tendrá noventa años pero de vieja nada de nada, echa una carcajada.

Luego, mirando a su alrededor, espeta: «Pero mira todo o que tes aquí... Moito traballiño pasamos...». Usa el bastón -también tiene uno y lo maneja como si se tratase ya de un viejo amigo- para señalar cada pieza. «O pote de facer as papas...», dice con nostalgia. «Antes todos traballamos moito, todos eramos pobres, pero aínda así eramos moi felices. Máis que agora». José asiente con la cabeza. Recuerda los días como una sucesión de tareas, «pero que eu sempre fixen contento». Y es que el trabajo se hacía de forma comunitaria. «Cando chegaba o tempo de pañar o trigo, todos os veciños empezaban a traballar por unha finca e acababan pola outra», relata. «¿Acórdaste Maruja? Os homes berraban, ?mulleres á eira?». «¡E os homes á borralleira!», responde ella. Ambos ríen.

Pero las cosas han cambiado. Algunas para bien: la modernidad ha traído máquinas que han facilitado la vida. Como la lavadora. «Daquela a roupa cambiábase cada oito días, non se sabía de que cor era», dice José. Recuerda que su madre «lavaba moi ben e quedaba a roupiña ben limpa». Esfuerzo costaba, dice Maruja. «Había que poñela a amolecer, botala a clareo...».

Todo eso lleva su tiempo. Y tiempo, precisamente, es lo que no tiene hoy la gente. «O mundo de agora está corrupto», sentencia Maruja. «Agora, meu fillo, hai que vestir de lujo, que se non xa te critican». Ella, que fue costurera hasta que se casó, pasó los años de la posguerra «facendo roupiña para a xente con tela de sacos. En moitas casas non quedou unha saba», señala. Maruja tuvo la suerte de poder vestir bien incluso en aquellos años del racionamiento: como su padre era ferroviario viajaba gratis en tren hasta Portugal y regresaba cargada de telas de estraperlo.

«Deixei de ser costureira cando me casei». Mirando a José le suelta: «Ti non casaches, e fixeches ben». José, efectivamente, no se casó. Pero hubo una mujer, Dolores, que fue su novia desde que él regresó de la guerra hasta que ella murió con setenta años. Aún lleva su foto en la cartera. «Acórdaste naquela festa que o cantante da orquestra decía: ? José, Dolores, ¿y de tu boda qué?? E os músicos contestaban, ?¡de mi boda ná!?», canturrea Maruja. José ríe, pero apunta que tal vez se equivocó al no pasar por vicaría. Ahora no tiene hijos y «teño un pouco de medo, por se quedo en silla de rodas ou así...», reflexiona. Pero Maruja lo tiene claro. Blandiendo el bastón suavemente suelta. «Ti xa non vas morrer máis».