Noruega se ha convertido en la salvación blanca de esta familia arousana frente a la crisis
06 ene 2013 . Actualizado a las 06:48 h.Pablo Rey González llevaba cinco años como informático para una multinacional islandesa del sector de la alimentación. Con su casa en Mosteiro como oficina virtual, su ocupación lo llevaba a viajar con frecuencia por toda la Península Ibérica, y en su pasaporte acumulaba los sellos oficiales de sus viajes de trabajo a medio mundo. Brasil, Uruguay, Indonesia, Dinamarca, Islandia... En junio del año pasado su empresa le planteó «dos opciones. O ir al paro, o aceptar trasladarme a Noruega con el mismo puesto», recuerda el vilaxoanés. Con 30 años, dominio del inglés, una niña de siete meses y su mujer, Patricia Magdalena Vicente, sin trabajo, «nin o pensamos», comenta ella. «O paro en España é inviable». En Noruega anda sobre el 4 por ciento.
Arrancaba así la aventura en tierras nórdicas de la joven familia arousana -Patricia, de 29 años, es de Meis-. Un salto en el camino que afrontaron, y siguen encarando, con la seguridad que da las grandes condiciones que tanto la empresa de Pablo como el estado de bienestar noruego les proporcionan.
«Me dieron un mes para preparar el viaje», y en agosto Pablo cargó el coche familiar hasta la bandera para cubrir por carretera los 4.000 kilómetros hasta Averoy. Una isla de unos 5.000 habitantes, como A Illa, situada en la boca de un fiordo en la parte centro-sur de la costa de Noruega pero de un tamaño, calcula el vilaxoanés, unas cuatro o cinco veces mayor que el municipio insular arousano.
Poco tiempo tuvo Pablo para pensar en su nuevo hogar y dónde se estaba metiendo en su primer mes en Averoy. «Mi mayor preocupación era la adaptación de mi mujer y mi niña», que había superado un problema médico de nacimiento. Con ayuda de un compañero de empresa, se dedicó a conocer los horarios de la vida en una pequeña localidad escandinava, sobre todo los de los servicios médicos, las farmacias y los supermercados; y algo del entorno. Y un mes después, llegaron Patricia y Olivia.
Toda una nueva vida
«Mi madriña, onde me metín», dice hoy la madre cuando rememora su primera impresión. «É un cambio drástico. Sobre todo nas relacións sociais. Alí a xente é máis fría». Y «a adaptación foi máis dura para min que para Pablo», al que su trabajo le permitía oxigenarse ocho horas al día, incluso con viajes a varias ciudades del norte y sur del país. Patricia, en cambio, se ha pasado estos meses haciendo la mayor parte de su vida en casa, ya que la niña no podía ir a la guardería por prescripción médica -hasta diciembre no le habían dado el alta definitiva-.
Para un gallego, la vida en un lugar como Averoy exige un cambio de chip. En esta época del año «amanece a las 9.30 y el sol se pone a las 15.45. Como yo trabajo de 8 a 16, no lo veo», apunta Pablo, que se vino con su familia a Arousa a pasar la Navidad dejando en su nuevo domicilio temperaturas de hasta 11 grados bajo cero y 30 centímetros de nieve. En el pueblo «solo hay un bar y un restaurante. La vida social es casi nula. Casi no ves gente por la calle». De ahí que Patricia hable de «ir ao súper» como «o noso pasatempo favorito».
Su experiencia en la vida en un pueblecito noruego no está resultando sin embargo una pesadilla antes de Navidad. En la zona han encontrado dos familias andaluzas, que además tienen hijos pequeños, como una de las compañeras de trabajo de Pablo, con la que han trabado amistad. Y «cando Pablo está na casa», sobre todo los fines de semana, «facemos excursións». Por ahora, no muy lejos. Por la hija. Y porque «hay que coger muchos ferris» para moverse. Pero lo que han visto, les ha gustado mucho, y con la niña dada de alta, aguardan explorar mucho más por Noruega adelante.
El 2013 se presenta esperanzador para la familia, cuya madre, con la pequeña pudiendo ir a la guardería, confía en encontrar pronto trabajo. A final de año a Pablo le tocará valorar con su empresa si seguir en Noruega. A día de hoy, le «pinta bien allí».
arousanos en la diáspora pablo, patricia y olivia rey magdalena