Los regalos de Navidad llegaron ayer al hogar de Miguel A. Ferreiro y Ana E. Vela multiplicados por tres. Tres pulseras de plata, otras tres de oro, tres colgantes, tres juguetes musicales,... No es cuestión de acopio, sino de necesidad. Los trillizos del matrimonio -Iago, Uxía y Miguel- son la causa de que en estas Pascuas todas sus compras se elevaran al cubo, así como el número de habitantes de la casa. Si hace un año el matrimonio paraguayo afincado en Vilagarcía pasaba las fiestas en pareja, hoy son nueve bajo el techo. Beni, la hermana de la Ana, junto con su marido y dos hijos cruzaron el charco por primera vez para conocer a los bebés, asistir a su bautizo y, de paso, echar una mano a los padres primerizos durante estos días.
El regalo más deseado
Ni siquiera el móvil de última generación que trajo Papá Noel la pasada noche a Ana le hace sombra a su regalo más preciado: los trillizos. «Estábamos buscando hijos desde hace cinco años, los tres últimos, por inseminación in vitro y no había fortuna», relata la madre. «Lo conseguimos en la última sesión del tratamiento, después ya no podíamos continuar», explica un padre emocionado. Es por ello que, pese al susto que se llevó ella en un primer momento al conocer que iban a ser tres, la alegría superó cualquier temor. «Yo soy muy ahorradora y siempre quise preparar todo para cuando tuviera hijos, pero en mi vida pensé que serían tres de golpe y hay momentos en los que asusta, más tal y como están ahora las cosas», señala Ana.
Unos 300 pañales al mes
Y es que no solo las compras de Navidad se multiplicaron para la pareja, con la llegada de los trillizos -hace el viernes ocho meses- todos los gastos lo hicieron. Empezando por el mobiliario (cunas, tronas, habitaciones infantiles,...) al carrito de tres plazas, la ropa de los bebés, los pañales o la leche. Para estas dos últimas partidas cuentan con una ayuda del Concello de sesenta euros por niño hasta los dieciocho meses. No en vano, ya que los primeros días llegaron a gastar hasta treinta pañales al día. «Ahora gastan cuatro paquetes de ochenta al mes, es decir, trescientos veinte», apunta el padre. Además de esta, disfrutan de la prestación para familias numerosas pero, con todo, no es tarea fácil llegar a fin de mes para el matrimonio, propietario de un bar en la ciudad. «Por lo pronto tuvimos que despedir este mes a la empleada que teníamos, ya que se le acababa el contrato. Son 1.400 euros que ahorramos y nos hacen mucha falta», reconoce Miguel. De esta forma, el hostelero de 32 años ha pasado a hacer jornadas maratonianas (de ocho de la mañana a la una de la madrugada), mientras que su mujer se queda en casa a cargo de los niños. Esta estuvo hasta el último día de embarazo trabajando en la cafetería y todavía va a ayudar de vez en cuando, siempre que su hermana Nuni puede quedarse con los pequeños.
Cambio de piso y coche
Por eso ayer fue un día especial para la familia. Miguel decidió cerrar el bar y por fin pudieron disfrutar de todo un día juntos, entre juguetes, lloros y sueños atrasados. Ana tuvo una ayuda extra en casa y, su esposo, la oportunidad de disfrutar de los niños. «Yo poco comparto con ellos. Solo los veo cuando llego de trabajar y les voy a dar un beso de buenas noches, indica. Esta es la gasolina que impulsa a Miguel cada día y por la que, según dice, merece la pena todos los esfuerzos. Entre ellos, dos especialmente significativos. Con la llegada de los trillizos se vieron obligados a cambiar de coche y de casa. El Scénic, de apenas un año, tuvo que ser sustituido por un Space y dejaron el piso de alquiler donde vivían para comprar una casa más amplia. Ciento siete metros cuadrados que ya se les quedan pequeños. Sin embargo, la pareja no se regodea en estos gastos y sí en todo lo que la gente les ha ido dando desde que nacieron los tres hermanos. «Casi toda la ropa que tienen nos la regalaron clientas del bar», incide Ana.
Las escaleras, un reto
Una de las mayores complicaciones con las que se encuentran los padres en su día a día son las escaleras. Y es que el cochecito, de 1,95 metros de largo en el que viajan los bebés no entra en apenas ningún ascensor. No lo hace en el de su edificio. Suerte que viven en un primero. Pero tampoco en el de los centros comerciales o en el de la mayoría de los inmuebles. De modo que el cochecillo se queda a las puertas y los niños tienen que subirse en brazos. «No me gusta que se quede ninguno solo, así que cargo con los tres. Por ahora puedo con ellos, aunque cuando crezcan no sé cómo haré», comenta la madre.
El sueño perdido
El mismo problema se encuentra en las tiendas. «Prefiero ni entrar, porque después no soy capaz de girar el carrito y tengo que estar molestando a la gente, salvo que sean comercios con pasillos muy anchos», continúa la mujer de 34 años. Por ende, Ana lleva ocho meses sin dormir una noche entera. Tres bebés boicotean su sueño, ya que Miguel, rendido después de dieciocho horas de trabajo ni siquiera se percata de los llantos. «La suerte que tenemos es que los trillizos no se contagian los lloros», señala ella, que conoce bien como paliar el torrente. A Uxía, con el peor carácter de los tres, le calma la música. Iago se entretiene con cualquier juguete. Y al menor y más tranquilo, Anxo, le basta con su chupete.