A los tipos que se parapetaban durante aquellos días tras micrófonos, fotocopias improvisadas, coordenadas geográficas en castrapo y lamentables eufemismos -del estilo de los hilillos de plastilina y las playas esplendorosas- les recomendaría que madrugasen para embarcar temprano en el Carlitos, desde O Grove. Que se hiciesen a la mar y repitiesen, bajo un cielo plomizo, la singladura del chapapote. Quienes tuvimos la dudosa oportunidad de descubrir qué era lo que aguardaba de madrugada a un palmo de Sálvora, queriendo comerse las rías, difícilmente olvidaremos aquella jornada. La primera sorpresa consistió en comprobar cómo las negras manchas de fuel se colaban en el canal de navegación como Perico por su casa. Solo la organización, por su cuenta y riesgo, de mariscadores, bateeiros y mariñeiros, abandonados por las instituciones a su suerte, se interpusieron en su camino hacia la ruina de todo un pueblo. Ahora, nueve años después, dirán lo que quieran. Entonces, fallaron a su deber y a su gente, al porvenir de sus hijos y al de los hijos de sus hijos, a sus vecinos, al panadero de la esquina y a todo el mundo. El personal se partió el pecho y las manos sin mascarillas, con cartones de leche por toda protección, para encontrarse con que en los muelles el único dispositivo que se había activado era el de los contenedores de basura, arrastrados malamente hasta la orilla de un mar amenazado de muerte para ir vomitando en ellos el veneno pestilente que llenaba los capachos hasta los topes. La vergüenza ante la deserción cobarde de los prebostes se mezclaba, en dosis difícilmente solubles, con el orgullo agónico de quienes solo tenían sus manos para frenar el desastre. Pese a todo, lo consiguieron. El viento hizo su trabajo, al virar al Norte tras la caída del sol. Durante semanas enteras se esfumó el poder instituido para dar paso a la autogestión de los recursos y a la llegada de los voluntarios. O Grove no fue Malpica. A la cofradía, representados en ella los colectivos ciudadanos del municipio meco, acudía a recibir consejo la mismísima Guardia Civil. Aquello ocurría en el 2002, cuando el poder del cemento alimentaba los abultados vientres de los señores del dinero. Da miedo pensar qué sucedería hoy con el Prestige y su carga ante la anorexia aplicada por decreto a las arcas públicas.