horrar significa priorizar. Decidir qué consideras superfluo y que no. Ustedes y yo lo hacemos cada día. Más últimamente, desde que nos han bajado los sueldos y todo ha subido de precio hasta el infinito y más allá. Priorizar es decidir tomar menos cañas, cenar menos fuera de casa, dejar de ir al fútbol, ir en bus al curro para no pagar el litro de gasofa como si fuese oro o cambiar la noche de cine por una velada de peli en casa. Pero estoy seguro de que ni a ustedes ni a mí se nos ocurriría dejar de comer o no apuntar al niño a inglés o a la escuela de música. A no ser que la cosa se hubiese puesto fatal. No tendría sentido dejar a los niños sin idiomas o sin música pero seguir gastando una pasta en los bares, cenar de restaurante dos veces por semana, ir en coche hasta a comprar el pan y seguir pagando el abono de ese club que, por encima, juega fatal y siempre pierde. Pues esto es exactamente lo que han hecho muchos adalides del recorte en la educación. En Madrid, por ejemplo, se gastaron 76 millones de euros en cambiar papeleras, 111 millones de euros en campañas de publicidad de la Comunidad y 90 millones de euros en desgravaciones fiscales a las familias que llevan a sus hijos a colegios privados. La educación pública, como estaba antes del tijeretazo, costaba 80 millones de euros. La cuestión aquí es qué preferimos. Pagar la hipoteca, ir al súper, que los niños vayan a inglés, a música y a baloncesto o seguir invitando a los amigotes a cañas, irnos de cenotes por ahí y demás dispendios. Ustedes deciden.