Virxe das Mareas quiere renacer

Este fin de semana, el barrio celebra sus fiestas y sus 50 años de vida


vilagarcía / la voz

Los vecinos de Virxe das Mareas han rebuscado en los cajones, han abierto los viejos álbumes de fotos, y han reconstruido con imágenes de aquí y de allá los cincuenta años de historia de su barrio. Una historia que empezó antes de tiempo, en 1947, cuando la Obra Sindical del Hogar puso sus ojos sobre una remota duna de O Grove -San Ghatiño, dicen algunos que se llamaba el lugar- para construir 68 viviendas sociales. Como pasa con casi todo en la península meca, el proyecto dio más de una vuelta, se modificó, y tardó un buen puñado de años en convertirse en una realidad. No fue hasta 1961 cuando los primeros habitantes llegaron a Virxe das Mareas, insuflando el primer aliento a un barrio que llegó a ser populoso, pero que ahora respira lo que tal vez sea una excesiva tranquilidad. «Aquí non hai meniños».

En el salón social, rodeadas de cientos de fotos, cuatro mujeres que viven en Virxe das Mareas desde el principio recuerdan a los vecinos que ya no están. María Vidal, siña Ricardiña; Aurora Filgueira, Aurita; Benedicta Aragunde y María Lourdes Iglesias, se buscan en las imágenes y comparten recuerdos. Arrancan estos en un barrio de casas nuevas, construidas con piedra de los cons que habitaban la zona antes que el hombre. Aquellas viviendas sociales, dicen, eran un lujo entonces. Cuatro habitaciones, baño, agua corriente... A cambio de esas comodidades, había que pagar una cuota mensual elevada para la época y no tener miedo a caminar hasta O Grove entre fincas, porque la carretera de acceso aún tardaría en llegar.

Los rigores

No todos los vecinos que llegaron al barrio en la primera oleada soportaron el tener que ir y venir al centro «coa cesta na cabeza», como hizo tantas veces María Vidal. Y es que en el barrio había «unha tenda nunha casa. O mostrador era unha mesa e había moi pouquiñas cousas», así que periódicamente había que acercarse al pueblo a comprar. Con el tiempo, y sobre todo con la carretera, las cosas cambiaron. «Ata aquí chegaban camións de todo: o pan, o leite, as gaseosas...».

Pero eso sería después. Antes, muchas casas se quedaron vacías cuando apenas habían sido estrenadas. Y fueron ocupadas, poco a poco, por familias acomodadas que encontraron en ellas un rincón idílico en el que pasar sus vacaciones. Apellidos ilustres de O Grove, como los Escuredo o los Escalante, o de Pontevedra, se convirtieron en vecinos estivales de una Virxe das Mareas en la que las calles seguían siendo de tierra. Incluso pasó por allí la familia propietaria de Garabilla. «Estaban tomando os baños na Toxa e viñeron visitar a alguén. Gustoulles tanto o sitio que acabaron montando a súa fábrica aquí ao lado», recuerdan los vecinos.

Televisiones compartidas

En los setenta, alguien cayó en que las casas sociales no habían sido construidas para ser viviendas de veraneo. Y dieron la orden de desalojar las segundas residencias. Hubo quien puso resistencia y llegó a haber algún que otro enfrentamiento. La revuelta de Virxe das Mareas coincidió con el estreno de El último tren a Katanga, una historia sobre la descolonización de África. Y los mecos no tardaron en bautizar así, como Katanga, al nuevo barrio. «As casas coma estas sempre foron mal chamadas», recuerda Aurita. Ahí está la Corea de Portonovo, o la de As Sinas.

Los setenta se fueron dejando las calles asfaltadas y a decenas de niños corriendo por ellas. Colocadas junto a las ventanas abiertas, las primeras televisiones repartían ocio en blanco y negro a todos los vecinos. Los teléfonos sonaban en algunas viviendas con mensajes para todo el barrio. Y tener un coche significaba tener que estar alerta para echar una mano ante cualquier tipo de urgencia.

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