A
veces me he sentido un fallo del sistema. Un error. Una equivocación sorda y muda. Que ni importa ni nada le importa. Que ni escucha ni habla. A veces me he sentido como la insignificante pieza descuajeringada de una perfecta y engrasada maquinaria a la que ni tan siquiera le haces falta. Que sigue funcionando pese a que te has roto. Y que el ensordecedor estruendo de sus motores y bielas acalla tu lamento. Hace que nadie se percate de tu sufrimiento. A veces he sentido que es el sistema el que falla. Y no yo. Que sus raíces podridas han dejado de llevar alimento a las ramas y hojas. Es entonces cuando he sentido que todo es una gran mentira. Un cuento con final previsiblemente triste. Y me he indignado. Como los que se concentran en las plazas bajo el estandarte del 15-M y la democracia real. Es bueno indignarse. Porque es buena la búsqueda. Y la indignación es el mejor puerto desde el que lanzar las naves del cambio. Pero no hay que engañarse. Ni somos un error del sistema ni el sistema es un error. Tan solo sucede que para que cambie el mundo tenemos que cambiar antes nosotros. Dejar de pasar de todo. Empezar a exigir a los políticos. Ser ciudadanos críticos. Dejar de votar como quien va al fútbol. No tolerar la corrupción. Y menos premiarla con mayorías absolutas. Plantarnos. Y obligar a los partidos a estar al servicio de la democracia y no a servirse de ella. Todo es posible. Pero hay un tiempo para debatir en las plazas y otro para pasar de las palabras a los hechos. Ese tiempo es ahora.