E
l último pleno de un mandato siempre tiene un algo especial. Sobre todo si el alcalde dice adiós. En el caso de Vilagarcía, la alcaldesa. Dolores García se va. Se ha ido. Algunos creen que jamás estuvo. Que fue como niebla en una noche oscura. Imperceptible. Ausente. Pasará a la historia de la ciudad solo por haber sido la primera regidora. La primera mujer que se ha sentado en el sillón de mando de Ravella. El balance ha sido pobre. Paupérrimo. Para que nos vamos a engañar. La playa de A Concha-Compostela se cubrió de arena negra. Está peor que nunca. El jardín de Ravella fue destrozado. El del Balneario va camino de lo mismo. Algunos funcionarios siguen haciendo lo que les da la gana. Y siguen cobrando gratificaciones sin justificar porque ella no firmó el acuerdo político que suscribieron todos los grupos salvo Ivil. Gastó un millón en restaurar la casa del Doctor Carús sin saber para qué. Fue incapaz de gastar 2,5 millones de Luz Salgada. La avenida Rodrigo de Mendoza sigue igual. Hubo chapuzas como la de las obras del campo de fútbol de Berdón. Un pastón gastado en un césped perfecto, pero se olvidaron de asegurarse de que el riego funcionaba. Ayer un colaborador cercano de la alcaldesa saliente dijo que en estos cuatro años todos hemos envejecido doce. Ha sido una etapa negra. De muchos errores. De exasperante inacción. De una total falta de liderazgo. De decadencia dolorosa. De desconfianza. De tiempo detenido. Ay, Dolores, han sido cuatro años de eso. De dolores.