U
n tipo ha conseguido que Pastas Gallo ponga todas las letras del abecedario en sus paquetes de sopa de letras. Antes había caracteres proscritos. Y tras la campaña de este señor ahora está hasta la arroba. Es una chorrada. Lo sé. Pero todos apoyamos a David cuando se enfrenta con Goliat. O casi todos. Yo quería que ganasen los indios en las películas de vaqueros y siempre me gustaron más los confederados que los yanquis. Aunque los sudistas defendieran algo tan reprobable, abominable y asqueroso como la esclavitud. Mis padres me decían que era un abogado de pleitos pobres. Que siempre la emprendía con el grande y defendía al pequeño. Y era verdad. Y sigue siéndolo. Aplaudir el hondazo de David al gigante Goliat es tan humano como respirar. Pero a veces hasta el aire nos confunde. Nos hace ver buenos a los confederados solo porque llevan grabado a fuego el signo de la derrota. En ocasiones es liberador contener la respiración. Dejar los pulmones en seco y ver más allá de la épica del pequeño contra el grande. Porque hay pequeños repletos de los defectos de los grandes. Podridos de envidias. Ahogados en frustraciones. Sepultados por toneladas de miserias. Y cuando saltan al campo de batalla no portan la honda de David. Ellos no. Ellos llevan misiles de insultos. Hordas de mentiras. Legiones de palabrerías. Y estos, por perdedores, no alzan el estandarte de la Verdad. Son secuaces de las grandes mentiras. De las vilezas más repugnantes. Como los confederados. O los nazis.