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omo café muchas mañanas en un sitio donde la camarera es un desastre. Hoy le pedí un americano y me puso uno con leche. Cuando le dije que se había confundido me miró con cara de tú-no-te-enteras-de-nada y me dijo: «El americano es con un poco de leche». Le tuve que prometer que no era así. Tuve que explicarle que el americano es un café largo de agua. Flojito. Me sirvió el nuevo con tan poca maña que tiró la mitad, hizo piscina en el plato y me mojó el sobrecillo del azúcar. Algo que me pone de los nervios. En el mismo bar trabaja otro señor que es todo lo contrario. Cuando entras, te atiende enseguida. Es rápido y eficaz. Sabe lo que tomas y sabe cómo hacer bien su trabajo. No confunde el americano con el con leche. Y cuando él te lo hace, el café está riquísimo. Una profesora de Geografía de mi colegio, la González, me dijo una vez que en la vida importaba poco a lo que te dedicaras. Siempre y cuando te dedicaras a algo y aspirases a ser el mejor en ello. Fue una de las mejores lecciones que me han dado en la vida. También decía esta señora, a la que nosotros pusimos un mote bastante cruel, que hay más parados que paro. Y en eso también estoy de acuerdo. Porque en medio de millones de dramas humanos de quienes quieren trabajar y no pueden hay muchos que lo que quieren es vivir sin dar palo. Que no quieren un puesto de trabajo. Buscan solo un puesto. Más bien, un puestiño. Y, si puede ser, en la Administración para que no les puedan echar jamás. Eso también es un drama nacional.