uve un tío Andrés y un primo Andrés. Ambos muy queridos. A uno le debo en parte estar hoy aquí escribiendo. De la A Coruña de mi infancia recuerdo que me encantaba cruzar la calle San Andrés de camino a la papelería que tenían mis tíos en San Nicolás. Me gustaba muchísimo un edificio estrechito que surgía como de la nada cuando la calle se dividía en dos. Aún hoy me quedo mirando a esa casa cuando voy a A Coruña. Andrés es un nombre importante en mi vida. No en vano yo siempre fui un «San Andrés». Me explico, no vaya a ser. En mi colegio, los alumnos eran divididos en cuatro casas. Una por cada uno de los patrones del Reino Unido. Y a mí me tocó San Andrés, patrón de Escocia. Así que mi cariño por Andrés es puro. Verdadero. No como el de tantos y tantos alcaldes y políticos. Entre ellos el regidor de Catoira, Alberto González (PSOE), el presidente de la Diputación, Rafael Louzán (PP), o el ex alcalde y candidato popular de O Grove, Miguel Pérez. A todos ellos y a muchos más les va que ni pintado aquello del por interés te quiero Andrés. Me explico, no vaya a ser otra vez. Cuando los emigrantes podían votar en las elecciones municipales, estos y un montón de políticos viajaban por estas fechas a las Américas. Decían que no era un viaje electoral. Que iban a preocuparse por sus vecinos de allá lejos. Ya. Pero ahora que no pueden votar, ninguno de aquellos que antes tanto se preocupaban por los gallegos de la diáspora va a visitarlos. Ya no tienen interés. Ya no son Andrés.