ay personas a las que saludo y no sé quién son. Y me devuelven el saludo con cara de tampoco saber quién soy yo. Y resulta un tanto violento. Casi idiota. O sin el casi. Para ellos y para mí. Les ves como vienen hacia ti por la calle. Sabes que te los vas a cruzar. Piensas en qué hacer. Tienes dos opciones. Ser consecuente y seguir como si nada o saludar. En una ciudad pequeñita como Vilagarcía no saludar puede ser una afrenta fatal. Hay gente que se ha enfadado muchísimo conmigo porque aseguran que un día por la calle no les devolví el saludo. Yo, créanme, ni me enteré. Soy un tipo despistado criado en las calles de Madrid, donde la probabilidad de encontrarte con un conocido son ínfimas. Y, a pesar de todo el tiempo que ha pasado, sigo con ese chip que te hace ir algo despistado. Sin pesar en encuentros fortuitos. En los breves instantes que preceden al cruce con ese conocido desconocido piensas en todo esto. Así que llega el momento cumbre y decides saludar. Aunque no conozcas al tipo. Aunque sepas que él tampoco sabe quién eres. Aunque estés seguro de que solo te suena su cara. Y que a él le pasa tres cuartos de lo mismo. Un lugar como Vilagarcía es como una gran pecera en la que es imposible no cruzarte todo el tiempo con los mismos peces. Colocados en la misma esquina del acuario. Y de tanto nadar y nadar en ese agua de libertad pequeña y fronteriza acabas por creer que una cara conocida podría ser un conocido. Aunque no sea lo mismo. Y saludas. Por el qué dirán.