Juventud

Xurxo Melchor M

AROUSA

e ha dicho mi óptica, que es un encanto, que sigo siendo joven. Y me ha dado una alegría enorme. Gigante. Al parecer la miopía es síntoma de juventud. Y yo soy miope. Bastante. Y la culpa dice ella es en buena medida por sentarme aquí todos los días frente a la pantalla del ordenador y escribir estas líneas. Entre otras cosas. Confieso que la miopía me ha preocupado mucho desde que a los 20 años me la detectaron. Hasta entonces todo había ido bien. Yo era una joven normal. Sin achaques de ningún tipo. Vamos que, como casi cualquier veinteañero, me consideraba indestructible. Invulnerable. Inmortal. Es una edad curiosa esa en la que crees que nada puede hacerte daño. No a ti. Eso solo les pasa a los demás. Y tú estás ahí, para consolarles. Un buen día empiezas a ver mal. A marearte. Y vas a la óptica y te dan un veredicto que cambia tu vida. Que la llena de gafas, lentillas, líquidos y revisiones. Y de la preocupación de que la miopía no crezca. Y cada vez que lo hace te sientes menos indestructible. Menos invulnerable. A mil años luz de la inmortalidad. Más viejo. Y así he estado hasta que mi óptica me ha cambiado la vida. La miopía, señores, es cosa de jóvenes. Si sigue creciendo o está estancada es que seguimos hechos unos chavales. Sea cual sea nuestra edad real. Tengamos las canas que tengamos. Soplemos las velas que soplemos. El principio de la vejez lo marca la vista cansada, que contrarresta la miopía. Que hasta la puede hacer desaparecer. Qué dicha ser miope. Un poco más.