Caras

Xurxo Melchor L

AROUSA

a vida tiene dos caras. Como las monedas. Cara y cruz. Y no siempre está claro cuál es la buena. En cuál está la felicidad. Muchas veces depende de uno. De cómo te tomes el veredicto que la fortuna te tiene reservado. María -una amiga mía- es una de esas personas dotadas para ponerle buena cara al mal tiempo. Para ver el vaso medio lleno. Para sentir la plácida isla de arena dorada en medio del oscuro y tempestuoso océano. Un poco como era mi abuela Carmen, que siempre se reía. A todo le quitaba importancia. Sabía curar con remedios naturales. O eso te hacía creer, pero te curabas. Ella siempre decía que no hay mal que por bien no venga. Y eso mismo piensa María. Que hay que tomarse las cosas a bien. Si se puede. Si por la crisis te reducen la jornada laboral y te pagan menos tienes dos opciones. Deprimirte es una. La otra es pensar qué vas a hacer con el tiempo libre que has ganado. Estudiar, hacer teatro, ver más a los amigos o dedicarte a todo lo que te da felicidad y no puedes hacer porque tienes que trabajar. La cuestión no es ser feliz porque sí. Sonreír bobamente porque mola más. Pero poner buena cara cuando se puede. Porque no siempre se puede. Y para esos momentos ya habrá que reservar las fuerzas y las tristezas. Si mi abuela era capaz de sanar unas anginas con aceite de oliva y un masaje en la muñeca, de qué no seremos capaces todos. Cada minuto, una moneda vuela para decidir nuestro futuro. No siempre vendrán bien dadas. Pero la solución empieza por poner buena cara. Hasta a la cruz.