ace tiempo que sueño con viajar a Japón. Con perderme entre los gigantes de metal y cristal de Tokio. Con parpadear ante tanto neón. Con viajar en tren bala a las montañas y ver el monte Fuji. Me gusta Japón. Aunque no haya estado jamás allí. A pesar de no tener ningún amigo japonés. Es uno de esos afectos inexplicables. Basados en prejuicios que, por más positivos que sean, son infundados. Como todos los juicios que hacemos sin realmente conocer. Pero a mí me gusta Japón. Y estos días pienso, obviamente, más en este afecto mío. Por el terrible terremoto. Por el tsunami posterior. Por la destrucción. Por tantos y tantos muertos. Me dio por pensar en las horas antes del temblor. En lo frágiles que son las cosas. Nuestras vidas. En la cantidad de personas que imaginaban que su felicidad era sólida. Que sus vidas estaban llenas. Que nada podría vaciarlas. Nada les hacía sospechar. De repente, la tierra tiembla bruscamente. Más que nunca. Y el país que hace las cosas bien. El que todo lo prevé. El Japón de mis sueños se devora a sí mismo. Y una ola gigante lo barre todo. Edificios, campos, vidas y felicidades. Las catástrofes se miden en muertos y heridos. Pero deberían contar también las felicidades que se evaporan. Las personas que no serán capaces de vivir como antes. Las que pierdan mujeres, maridos, hermanos o hijos. O lo que sea. Aquellos que pensaron que ninguna amenaza podría cambiar su felicidad completa. Esos que no sabían lo frágil que es todo. Y más la felicidad.