Luna

Xurxo Melchor D

AROUSA

ebe de ser porque soy cáncer que de siempre me he sentido atraído por la Luna. Yo no creo en el horóscopo, pero desde que nací me he sentido inexplicablemente embelesado por ella. Por su luz y su misterio. Por esa forma mágica de crecer y menguar. De permanecer colgada del firmamento. De niño, escudriñaba su superficie con los prismáticos que me regalaron en un cumpleaños y con un pequeño telescopio que tenía mi hermana. Imaginaba qué forma tendría y cómo sería ver la Tierra desde allí. A la Luna le he escrito muchas veces. La he amado y soñado. Me he sentido lleno de fuerzas al verla en su plenitud. La he buscado entre las nubes. Me he quedado inmóvil viendo cambiar su luz. Imaginando como su fuerza subía y bajaba mareas. Como influía en mi cuerpo hecho de agua. Una vez hasta soñé con mudarme a la Luna. Con coger lo más querido de este mundo y viajar en una nave hasta ella. El viaje salió mal. El cohete se averió antes del despegue. Le faltaba una pieza sin la que el vuelo es imposible. Así que no pude oír la cuenta atrás. Ni sentí la híper velocidad y la ingravidez del viaje. No hay nada que más frustre que un viaje no hecho. Los recuerdas más que los viajes que sí hiciste. Porque en la vida pesa más lo no hecho por temor, lo que no nos atrevimos a decir o a sentir, que todo lo que sí hicimos. Por enorme que fuese. La Luna siempre estará ahí. Flotando en la noche. Pero la posibilidad de posar tus pies sobre su roca blanca es algo que quizás solo pasa una vez en la vida.