El puente

AROUSA

emana negra en lo que a la seguridad vial se refiere. Sobre todo en Galicia. Sobre todo en la provincia de Pontevedra. La negra historia se completa con el terrible accidente de la circunvalación de Vilagarcía. Tres muertos. Un herido. Vidas rotas en un segundo. Rotas para siempre. Eternamente partidas en dos. Los accidentes son tan sobrecogedores como inevitables. Los que son accidentes. Que no son la mayoría. La mayoría son imprudencias. No lo digo por el de ayer. Pero sí por tantos muertos sin cinturón de seguridad. Por tantos que hablaban por el móvil. Por tantos que iban a mil por hora. Por tantos que habían bebido de más. Por tantos en los que la carretera no estaba en condiciones. Jamás acabaremos con los accidentes. La auténtica misión es poner fin a las imprudencias. Levantar el pie del acelerador. No beber. Tener manos libres. Ponernos el cinturón. A los que mandan les queda gastarse nuestro dinero en hacer que las carreteras no sean trampas mortales. Y menos por la estupidez de alguno. El alcalde de Vilanova, Gonzalo Durán (PP), es un ejemplo claro y conciso de lo que hablo. Tiene miras cortas. Es uno de esos tipos abruptos. Incapacitado para gobernar. Por mucho que gane elecciones. Porque gobernar es buscar el bien común. Y él decide que no enciende las luces de su lado del puente de A Illa. Y lo hace por estupidez. Por no pararse a pensar que esas luces pueden evitar un accidente. Uno grave. Parece que para que el puente tenga luces tendrían que iluminarse antes en la cabeza del alcalde. Se antoja difícil.

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