Me gustan los fósiles. Me admiran los bichos. Vivos o muertos. Hasta en fotografía. Pero los fósiles siempre me han llamado la atención. Son la vida hecha piedra. Detenida. Muerta y viva para siempre. El ya ex concejal de Xestión do Patrimonio, Marcelino Abuín, dice en la entrevista que publicamos hoy en La Voz que una ciudad no es un fósil y que cada obra que se haga tiene que estar de acuerdo con su tiempo. No es mentira lo que dice. Pero tampoco verdad. Es como todo en la vida. Que depende. Él explica su dimisión diciendo que no estaba dispuesto a que la nostalgia se apoderase de la obra del parque de Ravella. Y que por eso defendió eliminar los bancos de azulejo. Yo creo que el peor de sus errores ha sido no entender que la nostalgia también es importante. Que no somos nada sin ella. Y que el recuerdo del pasado no tiene por qué estar reñido con la modernidad de la que él habla. Una ciudad que no tiene nostalgia de sí misma es como una pareja sin memoria. No tiene futuro. El pasado, lo que fuimos, tiene las claves de lo que podemos ser. Y para evocar no hace falta siempre un gran edificio o un pazo. A veces, un simple banco de azulejo o la verja roja de forja del parque de A Compostela tienen el mismo poder. O más.