Para los antiguos griegos Cronos, el tiempo, era el mayor de los titanes, hijos todos de Urano, el cielo, y Gea, la tierra. Gobernó hasta que su hijo Zeus lo desterró al Tártaro. Pero desde aquel exilio forzoso Crono nos ha seguido gobernando a todos. Porque el tiempo es lo único que nos ata para siempre. Nadie escapa a su influencia. A su poder. Ha pasado un año. Uno más. Cada vez pasan más rápido. Saltas de Navidad a San Roque a la velocidad de la luz. Casi sin enterarte. Parece que solo te das cuenta cuando llegan fechas señaladas, como estos días en los que vivimos el último estertor del 2010. Cielos, ya el 2010. Debe de ser que con tanta comida y cena navideña me ha dado por echar la vista atrás. Y cada vez tengo más a lo que mirar. Cada vez el camino recorrido es mayor. Confieso que soy de esos que llevamos mal el paso del tiempo. Cada cana, cada arruguita, cada achaque te recuerda cada día que Cronos sigue siendo el que manda. Somos hijos del tiempo. De nuestro tiempo. Somos también sus esclavos. Condenados para siempre a sufrir su paso por nosotros. A sentirnos como una verde pradera pisoteada por una manada de caballos salvajes. Resignados a dejar de ser verdes. A dejar de ser. Dichoso tiempo. La única venganza es ponerle buena cara. Por chinchar.